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  • Blade Runner, 1982.


Muy Blade Runner
Alberto Fuguet
Cover Photo. Julian Tysoe (CC BY-SA 2.0)

 

A veces, pocas veces, el apellido de un creador –un pintor, un escritor, un cineasta– se transforma en adjetivo.

Kafkiano, felliniano, donosiano.

Ridley Scott, el cineasta inglés, pudo ser un autor pero los filmes que siguieron a Blade Runner, una de sus primeras películas, no lo dejan, no lo permiten, te hacen chocar de frente con una pared donde todas las teorías se trizan.

O quizás lo transformaron en otro tipo de autor.

Un autor de thrillers, de cintas épicas. O quizás sí un autor, pero el autor de una sola obra, un one-trick pony rockero, llevado al cine; alguien que, haga lo que haga, por bien que lo haga, no podrá superar esa obra que, casi por error, o por una suma de errores, logró captar una ciudad que tiene mucho de error y, a la vez, es el futuro en el presente: Los Angeles.

Scott es un publicista. Ahí partió, ahí terminará. Lo hace bien, mejor que el promedio, sabe cómo potenciar una imagen. Es un buen artesano. He delivers. A veces sus cintas están bien; muchas veces son más o menos, productos mediocres de gran nivel, pero algo intercambiables, prescindibles. Entretienen, funcionan, logran su objetivo. Cuesta encontrar lo que une sus películas. De Leyenda a Gladiador, de Someone To Watch Over Me a American Gangster, de Body of Lies a Thelma and Louise.

¿Qué tienen en común?

Yo creo que lo que las une es la estética, su mirada estilizada. La mirada Ridley Scott. Lo que complica y pone en jaque la teoría del autor es que Scott (quizás Tony, su hermano, es un peor cineasta pero sin duda un tipo más coherente) es el director de Blade Runner y Blade Runner supera a su creador-director y es la suma no sólo de todos los talentos ligados (de Philip K. Dick a Vangelis a Harrison Ford a la arquitectura de Frank Lloyd Wright y el edificio Bradbury de la calle Broadway) sino de una suerte de maldición/bendición que hizo que un rodaje desastroso y un estreno lamentable terminara transformándose en un clásico.

Acaso el verdadero autor en este caso es el director de arte: Lawrence Paul.

Pero no sólo eso: el nombre termina superando la película. No sé si la cinta es tan, tan buena. Me quedo con la primera versión, con la voz en off, que la impuso la producción y Warner Brothers, lo que confirma que –a veces– los malos pueden estar inspirados o tener buenas ideas.

Pero a lo que quiero llegar:

He escuchado a mucha gente usar "Blade Runner" o "Esto es muy Blade Runner" como una suerte de taquigrafía. Incluso he oído a gente que no ha visto Blade Runner, o la ha visto de pasada y no tiene idea de quién es Ridley Scott, recurrir a esta cinta de 1982 para describir una metrópolis o un estado-de-las-cosas un tanto inabarcable y, sin duda, inexplicable.

¿Qué es tan Blade Runner?

Generalmente una ciudad que se rebalsó, algo donde el Tercer Mundo se une con el Primero para crear algo que podría denominarse Cuarto. Es lo high tech y lo low, lo digital y análogo, es el roce de megaricos con megapobres, la fusión de razas y lenguas, la frontera de lo liminal con lo surreal, lo retro y lo fashion, la sensación que “arriba” se está mejor y más protegido que “abajo”.

Los Angeles, por cierto, terminó siendo muy Blade Runner porque Scott y su gente captaron lo que ya estaba pasando ahí, aunque algunos alumnos míos de UCLA, cuando fuimos al centro de Los Angeles, insistieron en que Scott y su gente erraron y que LA es mucho más latino que oriental.

They had a point.

Tijuana y el DF y quizás Miami y Houston y NY y Tokio y, sin duda, Sao Paulo: muy Blade Runner. Tal como los suburbios de París y hasta Santiago y Lima y Guayaquil, qué duda cabe, y Panamá y Nairobi y esas dos torres en Kuala Lumpur. Todo muy Blade Runner: justo donde el futuro se tropieza con el pasado art-deco y vomita sobre el presente. El presente: demasiada información, demasiada gente, demasiada mezcla, demasiada contradicción. El pasado borroso, desapareciendo, en ruinas pero ahí, como el peso de la noche. El futuro ya dejó de ser promesa y llegó.

Y no es como The Jetsons.

Es peor.

Todo muy Blade Runner.

Scott quizá no será recordado y, sin embargo, construyó un mundo. Un mundo atroz y burdo, bastardo, duro pero estético. Detrás del humo y el neón está lo que nos tocó. Pero es nuestro escenario, nuestro paisaje.

Todo muy Blade Runner.