Letter from
the Editor

 

Carta del
Editor

  • La imagen de portada es un detalle de 8 CAMERAS. © 2013 JOHNNY TAYLOR
    36in x 36in, acrílico, serigrafía y rotulador sobre lienzo.

Aquella primavera de 1950, un Ray Bradbury de 29 años, todavía sin gafas y con corbata de lazo, bajó a los sótanos de la biblioteca de UCLA, guiado por el ruido seco y continuo de diminutos martillos. Bradbury cruzó una puerta entornada y se instaló en la sala de donde el desbordante traqueteo escapaba, sentándose frente a una vieja máquina de escribir. Antes de meter el papel entre el rodillo y la cinta entintada, abrió la bolsa que traía del banco y sacó una moneda de diez centavos con la que alimentó al negro animal metálico. Repitió el acto cada media hora, mientras a su alrededor unos ocho muchachos tecleaban tan furiosamente como él, resollando. Después de nueve días de trabajo contra el reloj y de pagar nueve dólares con ochenta centavos por el alquiler de la voraz Underwood, Bradbury había trazado las veinticinco mil palabras de The Fireman. Fue necesaria otra temporada en los mismos sótanos durante el verano de 1953, hace ya sesenta años, para pulir aquel primer esbozo, duplicando su extensión y terminando así Fahrenheit 451. Apenas meses después, la novela aparecería publicada por entregas en Playboy.

En 2004, de un guiño al relato de Bradbury y del deseo de un grupo de estudiantes de UCLA de publicar textos breves en inglés, español y portugués, nació la primera edición de Párrafo. Hoy, luego de un indeseado periodo de silencio, retomamos el camino dedicando nuestra sexta entrega a la ciudad de Los Ángeles. Nos apropiamos así de un lugar que antes provocó textos de Brecht, Chandler, Ellis y Bukowski, pero también del peruano Xavier Abril, el brasileño Vinícius de Moraes, el catalán Pere Gimferrer, o el colombiano Andrés Caicedo, así como performances y arte de los miembros del colectivo chicano ASCO, entre muchos otros. Presentamos ahora nuestra propia versión de la ciudad, diversa, visual y trilingüe, sin dejar de ampararnos tanto en un juicio de Jack Kerouac (“LA is the loneliest and most brutal of American cities”) como en una plegaria de John Fante (“Los Angeles, give me some of you! Los Angeles come to me the way I came to you, my feet over your streets, you pretty town I loved you so much, you sad flower in the sand, you pretty town”).

Last but not least, quiero reconocer aquí que este esfuerzo compartido hubiera resultado estéril sin la ayuda incondicional de Ana Carulla, los aportes de Román Luján, la colaboración y paciencia de Elizabeth Warren, Zeke Trautenberg y Nivardo Valenzuela, y el apoyo económico de la GSA Publications Office de UCLA (representada de forma entusiasta por Stacey Meeker) y del Departamento de Español y Portugués de UCLA. Para todos ellos, y para el Comité Editorial en pleno, mi gratitud.

Rafa Ramírez