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  • Sobre el río de la porciúncula, 2012. © 2014 Daniel González
    Limited edition. Linocut print on rag paper.


Luces
Nylsa Martínez
Cover Photo. Hector Sanchez (CC BY-SA 2.0)

 

En los años ochenta algunas fronteras no habían sido tan endurecidas como ahora lo están para quienes residen en ellas. Entonces era común utilizar los pretextos más nimios para lanzarse al otro lado en un día cualquiera: buscar algún aparato nuevo, comprarse unos tenis, o la clásica de mi ciudad: ir por un paquete de winnies. Cruzar era un evento tan cotidiano y ágil que sólo cuando se iba a viajar -cuando la idea era alejarse unos cuantos kilómetros más allá de esa colindancia con la frontera-, era que uno verdaderamente sentía que estaba internándose en otro país.

Yo viví los tiempos en que viajar para el otro lado era ir para Los Ángeles; así se tipificaba cualquier cruce que requiriera un permiso de internamiento mayor a las 25 millas en los Estados Unidos. Así como los pretextos no faltaban para ir de compras, tampoco era extraordinario que cada habitante tuviera cercanas o lejanas relaciones con las personas de las ciudades de California -“algún conocido” ubicado en esa hilera que ascendía hasta los límites más lejanos como Sacramento- ese polígono imperfecto que varios siglos atrás y con el mar por desafío, se había concebido como el gran botín en el imaginario español.

Siempre  íbamos a Los Ángeles a visitar a alguien. Sólo allí y no a otra ciudad.  Sin embargo, todo era falso, la gran mentira de la que todos participábamos incluso los mismos agentes de migración: “¿Y a dónde se dirige usted?”, “Voy para Los Ángeles”, “¿Ah, sí?, ¿va a visitar a algún pariente?”, “Sí, a mi hermana”, “¿Y dónde vive ella?”, “En Fontana”, “¿Y cuántos días va usted a estar allá?”, “Pues sólo el fin de semana”, “¡Ah, muy bien!, aquí tiene su permiso”. Y entonces el agente entregaba a la persona en cuestión un papelito amarillo, en el cual hacía un par de garabatos que luego deberían ser reconocidos por otros agentes, unos que el viajante encontraría en una suerte de  campamento sorpresivo ubicado en medio del desierto, justo en aquel punto en que todo dejaba de ser familiar para convertirse en aventura. “¿Van para Los Ángeles?”, “Sí, vamos para allá”, “¿Y qué van a hacer allá?”, “Vamos a Disneylandia”, “¡Ah muy bien!, aquí tienen su permiso”. “¿Van para Los Ángeles?”, “Sí”, “¿Van a visitar a alguien?”, “Bueno sí, vamos a una boda, una prima se casa en Long Beach”. Pertenecí a una generación que creció escuchando esta clase de malentendidos geográficos que ahorraban las explicaciones y sintetizaban el asunto: para llegar al destino del viaje, se requería permiso y conducir en freeway.

Yo conocí Los Ángeles desde pequeña, y uso el verbo conocer en el sentido más general y austero. No recuerdo cuándo ocurrió exactamente el hecho, pero las fotografías que a partir de ese momento fui coleccionando lograron, durante mi adolescencia, que la ciudad constituyera un imaginario deforme y, peor aún, temido. Después transcurrieron varios años en los que permanecí alejada de la frontera y, por ende, libre de  internamientos en el país; ya no hubo oportunidad para que reconstruyera aquel cuadro amorfo y asignara a cada memoria la ubicación geográfica que le correspondía.

Una ocasión que no olvido, fue esa en la que mi madre se había lanzado heroica a conducir sobre una autopista de la cual afirmaba tener dominio; no recuerdo quiénes viajaban con nosotros, pero el auto era un Ford Granada del año 77. La salida de Mexicali había sido, quiero suponer, antes de la caída del sol. Así que allá íbamos: a Los Ángeles. Probablemente no hubo paradas intermedias, acaso una en esa ciudad poco conocida pero que, para los acá residentes, es un referente natural: Indio, CA. Uno suele detenerse allí pues es un punto intermedio. ¿De qué? Eso sigue sin estar claro.

Después de varias horas, las luces nos iluminaron. No eran los reflejos cualesquiera de las ciudades que íbamos atravesando. No, éstas eran impresionantemente grandes y bellas. Entonces pensé que las cosas serían distintas y  que por fin los continuos viajes  para allá encontrarían su razón de ser. Los teléfonos celulares no eran parte de nuestra vida, ni los gps, era una época en que las personas a lo más se aferraban a su habilidad para leer mapas o interpretar las corazonadas de su ubicación. “Yo sé que voy bien”, y con estas palabras mi madre zanjó las posibles dudas que estuvieran surgiendo en la tripulación. Avanzamos y avanzamos, las luces se agrandaban a cada milla y entonces, cuando más alegre me encontraba porque al fin nos acercábamos a un lugar que causaba interés, la expresión de mi madre de golpe lo derribó todo: “Estamos perdidos”.

Salimos del freeway y alcanzados aún por los rayos de la fuente luminosa, buscó un lugar en donde estacionar el auto: “Tendremos que llamar a tu tío”. Algo así debió decir. El punto es que la aventura apenas iniciada como otros viajes por California  y que parecía una promesa, comenzaba a revelar su sabor agrio. Bajamos a un McDonald’s. Allí mi madre hizo la fatal llamada al tío terrible, el mismo que luego nos guiaría a su espantosa casa.

“Estamos cerca del Estadio de los Dodgers”, estoy segura de que eso dijo mi madre. El Estadio de los Dodgers, pensé, primera vez que tenía frente a mis ojos algún lugar de esos que escuchaba nombrar en la televisión. Un estadio, de esos de verdad, con luces grandes y un montón de gente saliendo de él. Recuerdo que le dije a mi madre que mejor no fuéramos con el tío y entráramos al lugar deseando que la aventura fuera real. Tenía el presentimiento de que allí dentro encontraría escondido bajo alguna banca, o quizá, en la misma puerta, al famoso pitcher Fernando Valenzuela, una de las pocas celebridades internacionales que eran de mi ciudad, o al menos así lo creía.

Nada. A cambio de mis ilusiones el tío llegó en una van blanca, homogénea como todas las de su clase. Usando un tipo de ritualidad que en ese instante ya era un ataque a mi suerte, nos dirigió hacia su casa. Fuimos navegando en un mar de luces rojas que de vez en cuando se oscurecían para dejarnos avanzar algunos metros, y luego volvíamos a detenernos. Salidas, entradas a rutas insospechadas. Finalmente hicimos un descenso en alguna calle sin nombre relevante. Cuando desperté ya habíamos llegado. Fue hasta la mañana siguiente cuando esas imágenes grises que aún me asustan empezaron a poblar y vestir el lugar. La casa del tío pertenecía a una fila de estrechas construcciones que se alineaban interminablemente. Me indicaron que permaneciera dentro de ella, no era seguro que estuviera ni siquiera en la banqueta. El clima se me antojaba para recorrer las calles y ver si aparecían más luces como las que me habían arrebatado la noche anterior.

Más tarde y después de haberme fastidiado hasta el hartazgo de las conversaciones de los adultos, salimos con nuestros familiares. Entonces recuerdo que vi gente de color agrupada en todas partes, pero era de un color tan profundamente oscuro que no entendía por qué les llamaban así: morenos. Estaba segura de que todos cometían un error. No lo eran, pues morenos eran mis compañeros de la escuela, mis vecinos, todos, pero ellos no. Me dijeron que me callara.

Tengo presente todavía que el motivo de aquella visita había sido alguna cuestión relacionada con los preparativos de una boda. Como consecuencia, a la mañana del día siguiente todas las mujeres fuimos lanzadas hacia un enorme tianguis. Me acuerdo que el tío nos había dejado nuevamente en un McDonald’s y lo que ahora llamaba mi atención eran los grafitis en las paredes del mismo. Pensé que era más bonito el de mi ciudad. Luego me dijeron que cuidara mi bolsa y nos metimos por unos callejones llenos de personas y ropa.      
Escuché gente que hablaba en idiomas desconocidos y quería verla más fijamente, tratar de entender lo que decían; me advirtieron que no lo hiciera. Observé un desfile de mujeres que cubrían sus cabezas con un manto y también otro grupo de personas que me parecían de lo más extrañas. Yo quería observarlos a todos, escucharlos. Pero nada, mi familia me apuraba  e insistía en que no me fijara en nadie. Aprisa, aprisa. Así anduvimos bastantes días por diferentes lugares, sin embargo, en ninguno había luces, nada comparado al resplandor de la primera noche. Tiempo después las relaciones familiares amainaron y ya no hubo más visitas. No me quejé, aquello parecía tan temerario que era preferible ponerse a salvo.

Hace poco andaba por Studio City -una de esas zonas acomodadas que están llenas de cafés y establecimientos gourmet-, la curiosidad me asaltó y no resistí entrar a uno de esos restaurantes cuyo nombre es Mexicali. A pesar del aterrador deambular por los callejones de Los Ángeles acompañada de mi familia en el pasado, había mantenido la ilusión de experiencias más alentadoras en estos confines. Vi el menú y no reconocí en él ningún elemento típico de mi ciudad que justificara el nombre. Así era esto: una cuestión aleatoria de imaginarios y circunstancias. Después, apenas saliendo del lugar, una mujer yacía desmayada en el piso; estaba justo al fondo de la entrada trasera del restaurante: era una comensal caída que hasta el momento no había sido echada de menos por los que al interior cortaban con afilados cuchillos sus chimichangas. Avisamos a los meseros para que atendieran a la mujer y salimos del lugar. Luego le dije a mi acompañante: “¿Y cuándo voy a conocer Los Ángeles?”, “¿A qué te refieres?”, “Pues a lo otro”, “¿Lo otro?”, “Sí, a lo otro, lo feo”. Me sonreí como tratando de darle una localización geográfica a mi interés. “¿Segura?”, “Segura”. Al fin que ya había visto las luces.