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  • Photo. © 2014 Elizabeth Warren


Cosmo the Porn Star
y los contadores de gas

Maite Zubiaurre
Cover Photo. © 2014 Elizabeth Warren

 

A los locos, en los manicomios, se nos infantiliza. Tómese como ejemplo uno de los muchos manicomios que complican la cartografía de Los Angeles. Este manicomio en particular —con vistas sobre Chinatown— tiene un ancho pasillo con piso de linóleo, puertas a los lados, casi siempre abiertas o semiabiertas, que dan a las habitaciones de las locas y los locos (en Los Angeles, los manicomios son co-ed), y, al fondo, la nurse station, con un estrecho mostrador tras el cual brilla, con brillo apagado, el aluminio de pequeños armarios cerrados con llave.  Esos armarios se abren con puntualidad británica, de seis y media a siete y media de la mañana. Y vuelven a hacerlo, con idéntica precisión, al atardecer, de siete a ocho, después de la hora de la cena. Son los armarios que —sometidos día y noche a la vigilancia insomne de cancerberos de bata blanca— guardan las drogas que esculpen nuestras neuronas (para ellas, el cerebro es plastilina) y que hacen, con el circuito nervioso, enredos y desenredos.

Todos los días, a la misma hora, los medicamentos juegan con graciosos cables de colores, y jugamos también (pintamos, sobre todo) los locos. Los locos tenemos una salita compartida que se llama “recreation room” (o algo así), una suerte de kindergarten que creció, con sillas sobredimensionadas y mesas de formica gigantes, arrimadas las unas a las otras, hasta formar un amplio rectángulo de colores, de esos llamados alegres. Alrededor de ese rectángulo nos sentamos, rutinariamente, los locos. Y sobre ese rectángulo hay, siempre, profusión de crayolas y cuadernos para colorear. Nada más. No hay lápices, porque los lápices son, en manos de los enajenados, instrumentos mortíferos en potencia. Más de un loco —me cuenta mi amigo el enfermero egipcio— ha intentado sacarse un ojo con la ayuda de un lápiz. Más de uno se lo ha sacado a los demás. No hay lápices. No hay llaves. No hay limas de uñas. No hay bolsas de plástico. No hay  lámparas de mesa, porque las lámparas de mesa tienen cables. No hay protuberancias de ninguna clase, porque a esas protuberancias puede atarse algo, y con ese algo (una sábana, por ejemplo) puede uno ahorcarse. El agua de las duchas sale directamente de la pared, y los ganchos de las toallas son blandos como blandos son los relojes de Dalí. Y, como los relojes de Dalí, no sirven para nada. Ni siquiera para matarse.

Sentado al fondo del pasillo, muy cerca de la estación de enfermeras, mi amigo enfermero vigila la noche, la noche inquieta y agitada de una casa de locos. Mi amigo, el enfermero egipcio: gordo él, muy gordo, con esa gordura afable que hace pensar en la vida y que, hasta de lejos, calienta. “Iturrioz”, me interpela, con su vozarrón de gordo, cuando me ve recorrer, insomne, los pasillos. “Iturrioz, come here!”. Y de muchos “comeheres”, de muchas noches sin sueño, va brotando la historia de la locura. No como la cuenta Foucault, allá por los años sesenta, en su Histoire de la folie,concebida y escrita en Estocolmo cuando era director de la Maison de France, sino como la narra Alí Mubarak, en Los Angeles del año 2000.

La locura de Foucault es blanca, como los inviernos de Suecia. La de Alí Mubarak es sobre todo oscura, es tostada y hermosamente bruñida, como la piel del propio Alí. Pero también hay locos blancos en el manicomio de downtown LA, yo, por ejemplo, y otra loca, aún más blanca, de blancura transparente y aterida. Ramona es inglesa, y debió de ser, cuando tenía carne, muy guapa. Ahora es un espectro, un manojo de huesos que amenaza con desbaratarse, huesos como cuchillos a punto de rasgar su pobre piel, tan frágil y quebradiza como la piel de las cebollas. Ramona avanza por el pasillo principal con pasitos muy pequeños. Le tiene miedo a la fila de puertas (¡hay un loco, por lo menos, a veces hasta cuatro, detrás de cada una de ellas!), y por eso se obliga a andar por el centro, a distancia equidistante de las puertas de la izquierda y de las de la derecha, descobijada, tambaleante, lejos de las paredes que podrían sostenerla. Bajo las luces de neón (Nuthouse Downtown LA es como Las Vegas: un paraíso de luz artificial que ilumina una noche eterna), la sombra de Ramona es una leve rayita gris proyectada contra el linóleo azul. Ramona, anoréxica con nombre de gorda. Nadie la toca, por miedo a que se rompa. Y todos la escuchan, desde lejos, cuando con su voz finita y con ese acento británico, improbable, exótico, canta, una y otra vez, el bolero de Ravel de su diagnóstico: soy anoréxica, soy bulímica, padezco de GAD y de OCD. Antes, era Ramona.

Ramona tiene un marido. Un marido que la visita todos los días, de cinco a seis de la tarde, que se sienta con ella, sobre un banco tapizado de verde sucio, arrimado a una de las ventanas del recreation room. El marido obsequia a Ramona, todas las tardes, con una gardenia (como Machín), una gardenia blanquísima (como Ramona) y perfumada. Rodeados del perfume de la gardenia, Ramona y su marido apenas hablan. Los dos miran por la ventana (a veces, la mano del hombre levemente, muy levemente, acaricia la mejilla consumida de su mujer), y contemplan, a lo lejos, todos los días, la silueta abarquillada y graciosa de una pagoda escarlata.

Un día (una noche) le comenté a mi amigo Alí: entre los locos de este pabellón (el nuestro es el Pabellón II, que quiere decir que estamos menos locos que los locos del Pabellón I, pero más locos que los del Pabellón III), los casos más tristes, los más desesperados, son, siempre, hombres blancos. Hombres blancos, de mediana edad, hombres blancos con un pie, o los dos, en la vejez, hombres cuarentones, cincuentones, sesentones, hombres, siempre, y hombres siempre de raza caucásica: ¿por qué? “White males in this country —responde Alí, que lleva más de treinta años cuidando gringos, sus almas enfermas— are the ones who try to kill themselves more often, and the ones who, most likely, are successful at it. White males are very bad at communicating their feelings. Often, they don’t have friends. In many cases, their only close friend is their wife. White widowers and divorced, middle aged white males are our most popular clientele. They are lonely, and they are sad”.

La tristeza y la soledad son primas hermanas de la locura. Nunca se me olvidará: yo, que al contrario que Ramona, me arrimaba siempre a las paredes del pasillo del manicomio, no para sostenerme (aunque es verdad que los tranquilizantes con frecuencia producen mareos), sino para escudriñar el interior de los cuartos, para ver locos, para espejarme en ellos, una vez vi a un hombre blanco, solo, sentado en el borde de la cama, dándome la espalda. En el silencio, en la perfecta quietud de su cuerpo, en el gesto, sobre todo, de sus hombros vencidos adiviné la tristeza, la desesperación y la soledad más aterradoras. La desolación de aquel hombre cayó sobre mí como una bofetada violenta.       En el espacio blandamente feliz del manicomio, la verdad, esa bofetada nunca dejó de doler. Leopoldo María Panero, poeta maldito, loco inveterado, hijo del poeta franquista Leopoldo Panero, declara que nunca fue tan dichoso como en el manicomio. En el manicomio, todas esas cosas que el mundo de fuera desarregla, regresan, como por arte de magia, a su bella armonía originaria. Y son lo que son. Las lágrimas son lágrimas, y corren libres mejilla abajo. Los alaridos son alaridos, y rebotan contra el suelo y las paredes, brillantes pelotas sonoras construidas con tristeza compacta. Los locos, porque somos niños, jugamos, libres, con esas pelotas. A los locos, porque somos niños, no nos da vergüenza llorar. No nos da vergüenza nada, tampoco estas batas de hospital, tan parecidas a las batas que en los colegios de monjas y de curas hacen vestir a los niños, pero impúdicamente abiertas por detrás. Una mezcla perfecta de obscenidad y de inocencia. Como son los niños. Como somos los locos. Como es la vida.

Y, un buen día, el epítome de esa mezcla —Cosmo, the Porn Star— se coló, de rondón, en el Pabellón II del manicomio de downtown Los Angeles. Guapísimo. Salvadoreño. Una loca deliciosa y retadora. “I am Cosmo, the Porn Star!”, gritaba, jubilosa/o, el loco-loca, “I am Cosmo, the Porn Star!”, y avanzaba, con enérgicos contoneos, y el culo al aire, pasillo adelante. Un culo perfecto. Redondo, rotundo, bronceado, asomando su rostro a intervalos rítmicos y enfebrecidos por la raja de la bata. Cosmo the Porn Star nunca se sentó a colorear princesas y unicornios con el resto de nosotros, nunca recitó, como Ramona, la salmodia cantarina de su diagnóstico. A cambio, provocó un mini-riot, del cual fueron protagonistas él/ella, y un él/él, hispanos los dos. Él/él salió de su cuarto, a los gritos de la loca. Él/él era muy macho, mexicano recio, con una pelambrera negra escapándosele por el escote de la bata, uno de esos locos cuya locura se resuelve, siempre, en furia alcoholizada. Constreñido, sin saberlo, por esa sexualidad suya tan bárbara y tan sin respiro, iracundo ya de por sí y siempre a punto de explotar, el bravucón de Jalisco no supo contenerse ante el espectáculo provocador de la sexualidad libérrima y juguetona de la loca loquísima: su culo, ese obscuro objeto del deseo. Él/él lost it, he just lost it: quiso abalanzarse sobre Cosmo, the Porn Star (dos fornidos celadores se lo impidieron), mientras vociferaba: “¡Tápate, maricón, puto de mierda, tápate! ¡Si no te tapas, te juro que te mato, te rompo la madre, te parto la cara!”. El mexicano acabó en uno de esos cuartos acolchados de las películas, tumbado de espaldas sobre una estrecha camilla —el único mueble— colocada en el centro mismo de la habitación. Desde una ventana cuadrada y pequeña practicada en la puerta, locos, enfermeros y médicos podíamos contemplar al loco tendido sobre su isla rectangular, navegando, impotente, un mullido océano de guata. Dos pares de grilletes abrazaban sus tobillos y muñecas, y un sedante poderoso le quitaba, provisionalmente, la rabia.

A Cosmo the Porn Star le obligaron a ponerse unos pantalones de pijama bajo la bata y lo desterraron al Pabellón I, con los locos peligrosos, y los locos catatónicos, y los locos de pronóstico complicado. En su marcha triunfal hacia el Pabellón I, Cosmo the Porn Star seguía pavoneándose, seductor y bello, seguía lanzando, a diestra y siniestra, la sonrisa provocadora de sus dientazos blancos, seguía proclamándose, en inglés siempre y con acento, Cosmo, la estrella del porno. Jinete airoso cabalgando la ola de su episodio maníaco, la loca salvadoreña no traspasó la puerta de nuestro Pabellón sin antes lanzar dos sonoros besos: uno fue para mí, el otro, para Alí, mi amigo el enfermero egipcio. En los dos había adivinado Cosmo una simpatía y afinidad secretas. Y, probablemente, la abierta admiración que en ambos provocaba su radiante belleza.

Tengo un amigo que es fotógrafo, gay y artista (en ese orden, según él). Y ese amigo, cuando le hablé de Cosmo the Porn Star, quiso rendirle homenaje a la hermosa loca salvadoreña. Siempre le habían gustado a mi amigo los contadores de gas, esas filas reglamentadas a la par que caóticas (porque lanzan los brazos al aire; porque las piernas se les desparraman) de pequeñas cajas metálicas que uno encuentra, en las calles de Los Angeles, arrimadas a las paredes de los edificios.

  • Foto I, Serie Loquitos. © 2014 Maite Zubiaurre

Son loquitos, me dice mi amigo, ¿no te das cuenta? Ahí los tienes, obligados a formarse, pero haciéndolo mal, sistemáticamente mal. No se cuadran, cada uno se coloca como quiere, y protestan, siempre, con los brazos. Se defienden, como los locos, con movimientos agitados y las distorsiones imposibles de las famosas histéricas de La Salpêtrière.  To no avail: Los contadores de gas, esos loquitos, son, siempre, locos atados, y locos derrotados. El cemento de las paredes es su camisa de fuerza.  Y contar el gas, su terapia ocupacional.

  • Foto II, Serie Loquitos. © 2014 Maite Zubiaurre

Cuando le comenté a mi amigo (fotógrafo, gay y artista, en ese orden) que, en el manicomio, los locos coloreábamos durante horas con crayolas, como los niños, mi amigo decidió, en honor de la hermosa loca salvadoreña, colorear los contadores de gas. Colorearla a ella recordándola como lo que era (y es), loca flamboyante y hermosísima, loca colorida/dolorida, loca viva, dueña de un heavenly ass. Cosmo, the Porn Star, loca deliciosa, loca de atar, loca niña, inocente e impúdica. Loca loquérrima del Pabellón I, in a nuthouse somewhere in downtown LA, overlooking Chinatown.