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Eavesdropping

Willivaldo Delgadillo
Cover Photo. Michael (CC BY-SA 2.0)

 

Trabajo en un escritorio colocado junto a la ventana de mi recámara y tengo como paisaje la contrafachada del edificio vecino. No es un muro sórdido y lleno de grietas; en realidad se trata de un agradable conjunto de ventanas. Además, hay unos árboles montados en unas jardineras que se alzan hasta el segundo piso; sus ramas se mecen en los días de brisa. Como paso una buena parte de la mañana mirando a través de esa ventana, estoy aclimatado al suave movimiento de las ramas de los árboles. Entre mi edificio y el otro hay un callejón por donde rara vez pasa un automóvil. La explicación es simple; se trata de un callejón sin salida. En nuestro edificio los apartamentos tienen balcones en la sala y un enorme ventanal. Cuando las persianas están abiertas, somos vulnerables a las miradas de los otros. En cambio las ventanas de ellos están cerradas, siempre.

A veces, cuando trabajo de noche, veo cómo se prenden y apagan aquellos rectángulos simétricamente dispuestos en el muro de enfrente. Entre mis vecinos hay varios que ya reconozco de lejos; me los he encontrado en la acera del boulevard. He saludado a la mujer que sale al pasear al perrito pekinés; al enano que practica jogging llevando pesas en las manos. Entre ellos hay una pareja que siempre discute en una lengua que desconozco. La mujer es notoriamente más joven y suele perder la paciencia con el octogenario que parece andar siempre en la luna. Ella lo apresura, pero él siempre tiene un pretexto para detenerse y postergar la marcha, tal vez hacia una cita con el médico, o con algún burócrata de la seguridad social.

Otra de las manifestaciones de vecindad entre inquilinos son las voces o la música que de cuando en cuando flota en el callejón. En ocasiones suenan las notas de un piano y la voz de un tenor. Nunca los he escuchado a la misma hora del día y tengo la impresión de que no proceden del mismo lugar. Alguna vez salí al balcón con la intención de darme una idea, pero en ese momento todas las ventanas enmudecieron. Llegué a pensar que las notas podían venir de mi propio edificio, pero era imposible saberlo porque todos los sonidos, el furtivo motor de los helicópteros y la ocasional sirena de ambulancia, parecen flotar sin origen ni destino en el callejón. De vez en cuando se escucha alguna voz, pero eso es raro y está limitado a una sílaba suelta, o si acaso a alguna palabra incomprensible.

Una tarde que me encontraba afanado en mi escritorio escuché un gemido lejano. Creí que se trataba de un lamento felino. Un gato, dije, y seguí trabajando. Un momento después volví a escuchar el mismo maullido sosegado, pero extendido, como una rasgadura al final de la cual detecté un suspiro. Paré oreja. Después de una pausa volví a escuchar, ya no aquella sílaba quejumbrosa, sino únicamente el suspiro, sordo, poblado de tigres. Y luego otro, fuerte, como alguien que jala aire con la intención de llevar a cabo un esfuerzo discreto pero considerable. Lo que siguió fue una profunda exhalación que luego se transformó de nuevo en un suave pero cada vez más elocuente farfullo. Ya estaba de pie cuando la materialidad de aquella voz se columpiaba por el callejón entero. El muro vecino permanecía mudo. Impenetrable. Decidí ir a la sala donde el ventanal siempre está abierto. Intuí que la acústica sería mejor ahí y no me equivoqué. Aquello iba in crescendo. La persiana estaba cerrada. Corrí de puntitas a colocarme detrás de la lámpara de piso que está junto al ventanal y tropecé con una pila de libros. Con toda la pericia que mi pulso me permitió aquella tarde, hice girar, utilizando el índice y el pulgar, el bastoncillo de las persianas. Varias franjas de luz solar iluminaron la sala; una de ellas cayó sobre la pila de libros que se había esparcido sobre la alfombra; alcancé reconocer Minima Moralia y el manuscrito de la historia de “Cotton Balls” Parker. No me distraje. A través de las hendiduras de la persiana me asomé con la esperanza de que alguna de las ventanas me revelara lo que sucedía. Lo único que encontré fueron aquél ahora mucho más que maullido meciéndose en el callejón. Justo en ese momento se desencadenó una ráfaga tibia impregnada de sirenas, motores, notas musicales y monosílabos desesperados. Mis ojos buscaron en vano la grafía de ese magnífico acontecimiento sonoro. Lo que encontré fue una ardilla inmóvil en el tronco de uno de los árboles del edificio vecino. Cuando el silencio se instaló de nuevo en el callejón, el animal se escabulló árbol abajo. Un minuto más tarde salí al balcón con el pretexto de regar mi bonsái. Entonces reparé en la presencia del octogenario calvo con la mirada puesta en el cielo; su rostro era como un sol tratando de encontrar un planeta extraviado. De pronto nuestras miradas se encontraron. El viejo me vio con la ternura que inspira un niño que busca entre las nubes un globo que se aleja sin remedio.