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LIMAX AGRESTIS

Abraham Cruzvillegas

De las imágenes que más me han enamorado desde siempre, son las ilustraciones de botánica y fauna, con sus respectivas fichas técnicas que incluyen nombres científicos de cada especie, sobre todo las del ornitólogo Alfred Brehm. Sobre una en particular, del Limax Agrestis, escribí este textículo:

Animal

Grandote y baboso: una descripción somera del Bombón (que era su apodo más consistente, asociado a su bofa y corpulenta figura), de ahí el mote del Nopal, que en realidad poco le duró, pero ¡ah cómo lo chingamos! Poner apodos es un deporte de inteligencia, de observación, es una suerte de caricatura que reduce a la mínima expresión la personalidad y el carácter de alguien; no en balde a los gobernantes, a las figuras públicas siempre se les llama de alguna manera que incomoda y que arde, si no ¿qué chiste? El apodo puede ser clasista, racista, sexista, y casi siempre es intolerante e intolerable, y sin embargo he conocido quien prefiere ser apelado por su mote que por su nombre de pila: ‘Dime Zorrito, no Diego’, ‘Me llamo Perro’, ‘Ya te dije que me llames Jugoslagorda…’ y varios etcéteras. A veces los sobrenombres son meras descripciones (el Pelón), aunque también hay apócopes (el Jolopo, FeCal), en otras ocasiones son analogías miméticas (el Chango), en ocasiones son síntesis hermosas de mitos y relatos próximos a las propiamente llamadas Metamorfosis (acá casi puro atleta: Manos de piedra, el Tibio, el Chicharito, el Piojo, la Abejita), las menos son comprimidos retratos taoístas a la manera del haikú, casi sinopsis de epopeyas hercúleas o microrrelatos humorísticos que en su explicación demandan horas de sobremesa con tragos extra, botana incluida (Santoniñito, Manonegra, Juaniágara, Pedoacedo, la Chilera, Mistertí). De los más célebres que recuerdo, en su objetividad rigurosa, es el Pelosdeano. Y aunque al Nopal también se le dijo el Baboso por un par de años, nunca lo imaginé reptando y dejando un rastro de saliva a su paso por pasillos y patios de la primaria Andrés Quintana Roo, en el número 78 de la avenida Central, en la colonia Atlántida, en Coyoacán, en la ciudad de México; nomás le decíamos baboso por tarugo. Baboso, no pendejo, no güei, no menso, no tarado, no imbécil, no bartolo, no teto, no babas, no idiota, no estúpido; como si no hubiera un epíteto más insultante.
Pisar un baboso en la casa de mis papás sigue siendo cosa rutinaria, y arrojarle un puñado de sal de mesa a los que pudieran tener la desgracia de cruzarse en el camino de uno, igualmente. Detenerse a llevar a cabo tal tortura no omite tomarse el tiempo de observar –no sin placer– las formas y colores que adoptan en su agonía esos a los que mi padre llamaba tlaconetes, en una confusión indigenista, propios de un trip del cósmico Jerry García, sin tachas ni garnachas de por medio. No quiero imaginar esa contemplación en el ensimismamiento ocasionado por un aceite, por unos derrumbes, unos pajaritos o un gajo de híkuri. Si mirar la coreografía de la almeja en su concha, con dos gotas de limón, una pizca de sal, aderezada por un par de tequilas y una cheve da hasta para erotizarse, el delirio en seco –literal– del baboso en su estertor pareciera causar lo contrario, pero igual nos embebemos en su martirio.
Alicia, una agraciada empleada siempre muy escotada y de minifalda de la familia Nolte en La Carreta (famosa tienda de artesanías y Mexican curios del barrio de San Ángel, enfrente del infame monumento en el que exhibieron por varios sexenios la hipotética mano del general Álvaro Obregón, en la capital del país, de los años 1960 a 1990) afirmaba que a una señorita de su barrio –si no mal recuerdo era en la Corpus Christi– un tlaconete se le había deslizado por entre las piernas, que la había enhechizado y que duró loca meses, hasta que una vecina le hizo una limpia, consistente en azotarla con ramos de romero, al tiempo que le escupía vinagre diluido en agua usando la boca como aspersor, y meneando un sahumerio con copal, y maldiciendo al animalillo hasta que la paciente pudo expulsarlo. La historia probablemente concluyó con ese ritual antimalaonda, pero Alicia también decía que después de aquel incidente, la Babosa, como era de esperar que le iban a llamar desde entonces, se volvió chava banda (sí, como la describe Café Tacvba en la canción de marras: con flexibotas negras): comenzó a decorar su ropa con estoperoles, se echaba limón en el pelo para esculpirlo en forma de estalagmitas llenas de semillas y jugosos gajos, y a bailar de brinquito, arrebatada entre la bola, babeando chema, caguama en mano, extática, viendo pasar el mundo en sus luces y en sus texturas despacito, como en cámara lenta.
Es la indefensión del baboso lo que hace interesante su exterminio, más allá de que pudiera considerarse plaga en el jardín doméstico, su incapacidad de escapar, de gritar (o tal vez no he puesto la suficiente atención), de reclamar, de vengarse, quién sabe. En un más que pírrico ejercicio de poder, el pobre solo se retuerce y se encoge hasta disolverse en una mancha verduzca, como gargajo de gripiento, y con tal indignidad se reintegra al ciclo vital, y si en su fuero de ser vivo pudiéramos defenderlo poco argumento tendríamos más que ese mismo. En la época de la eficiencia, de la productividad, el baboso no sirve para nada, ni en adobo, ni en caldo, ni en chilpachole, ni molido, ni mezclado en sal para ir de la mano del primer trago de mezcal que tantas caras raras causa. Chinicuiles, escamoles, chapulines, gusanos, chicatanas, jumiles y otras variantes proteínicas que ocasionalmente provocan ascos y bizantinas discusiones podrían llevar sus casos en defensa propia, y he escuchado de casos, ya sea culturales o circunstanciales, en que hasta ratas y cucarachas se han ingerido y que ni tan mal saben. Vaya, hay quienes han comido prójimo, con excusas y sin ellas, con culpa y con hambre, con placer y con ritual, con amor y con despecho, o nomás porque sí, de a poquitos… ¿Y el baboso?
¿Será que algún día el baboso se emancipará? ¿Qué actitud tomará? ¿Cómo justificará su lentitud, su aletargado silencio? ¿A nuestra generación –si es que se le puede llamar así a algo– le corresponderá atestiguar el advenimiento de la época del baboso? ¿Qué medidas tomará ante nuestro inmisericorde, absurdo, violento, ingrato, miserable, cruel y sistemático abuso? ¿Cometerá nuestros mismos errores y volcará su agresividad rencorosa en contra del ser humano, de la naturaleza, de sí mismo y de lo que se deje? ¿Qué atrocidades impondrán a sus presos políticos? ¿Encontrarán la cura del sida? ¿Qué tipo de música desarrollarán, qué arte, qué ciencia, qué poesía? ¿De qué serán sus tacos? ¿Sus tamales? ¿Para aquí, para llevar o para ir comiendo? ¿Cómo llamarán a sus hijos, a sus iglesias, a sus países? ¿Gustarán del reggaetón? ¿Bailarán en parejas, agarrados, sueltos o en bola? ¿Tendrán su Walesa? ¿Rodarán secuelas de ‘Muerte viscosa’? ¿Babearán ante Kate Moss, Geoge Clooney, Jennifer Lawrence, Bradley Cooper, Amy Adams, Johnny Depp, Scarlett Johansson en sus versiones rastreras? ¿Cómo resolverán sus problemas de desplazamiento por violencia interna? ¿Habrá campos de refugiados por doquier? ¿Twitterearán? ¿Postearán selfies? ¿Se peinarán de copetazo, de raya en medio, a la brush, se harán la permanente? ¿Se harán la vasectomía?
Sobre este último asunto –el baboso es macho una vez y la que sigue hembra y luego de nuevo macho y así, no como se cree de los lovecraftianios caballitos de mar –me retiro citando del diccionario Gallego-Castellano de Marcial Valladares Núñez, de 1884, su apartado sobre la Lesma:



(Limax agrestis, seu Limax rufus) Limaza, Babosa; molusco perteneciente á la clase de los gasterópodos pulmonados terrestres. No tiene concha exterior como el Caracol; su cuerpo es largo y estrecho; tiene cuatro tentáculos retráctiles, colocados encima de la boca; ojos muy pequeños y de sencillísima estructura; por manto, un disco carnoso que apenas se separa del resto de la piel y ocupa la parte anterior de la espalda; vientre, cubierto de una sustancia viscosa que le sirve para arrastrarse. Animal herbívoro, perjudicial en las huertas y jardines, pues se alimenta de plantas tiernas, frutas, Setas y partes blandas de las flores, comunicándoles mal olor y llenándolas de pegajosa baba, permanece oculto en su agujero, durante el calor del día, debajo de alguna piedra, entre hojas medio podridas, ó en cuevas hechas en el suelo, y apenas sale sino por la mañana temprano ó al anochecer, cuando el aire está húmedo y, sobre todo, después que ha llovido. En el invierno, se mete en tierra y queda allí adormecido. La Babosa y el Caracol son hermafroditas; pero necesitan juntarse para dos fecundarse, operación que les cuesta mucho trabajo.