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LA VIDA ÍNTIMA
DE UN CABALLO
CON ALAS

Carla Guelfenbein

¿Y cuándo se despertaba? Cuando se despertaba ya no sabía quién era. Un poco más tarde pensaba con satisfacción: soy mecanógrafa y virgen, me gusta la Coca-cola. En ese momento se vestía de sí misma, pasaba el resto del día representando con obediencia el papel de ser.
— La hora de la estrella, Clarice Lispector


Y yo soy tan solo el caballo con alas que está dibujado en el techo de la estación de Grand Central. Ni siquiera puedo vanagloriarme de ser amante de la Coca-cola. Soy un caballo a quien Paul Helley, retratista francés de pacotilla, prefirió hacer emerger de las nubes, y así ahorrarse la tediosa labor de dibujar sus piernas traseras. Un caballo que intenta ser brioso, pero cuyo carácter bonachón queda en evidencia en las líneas llanas y simples con que Helley lo trazó. Soy la grafía centenaria de una constelación del zodiaco, pero en última instancia no existo.
No obstante, aquí estoy. Este soy yo. Cuando despierto (sí, duermo, duermo y sueño que cabalgo por algún lugar que desconozco) tomo conciencia de mí nuevamente, y me esmero el resto del día en ser el caballo alado que represento. Grand Central es mi caverna de Platón. El mundo que conozco termina en sus confines y en las vidas que lo pululan. Sombras cuya naturaleza equívoca he aprendido a vigilar a través de mi único ojo, para intentar darle forma al mundo que sé está al otro lado de estas paredes. Desde la altura que me otorgan estos cuarenta y cinco metros he sido testigo de un siglo de viajeros, millares de despedidas y encuentros, toda esa parafernalia propia de una estación de trenes como la que me tocó por vida.
Nada más hoy en medio del ajetreo de la tarde llegó una novia. Su piel oscura brillaba con el resplandor que emitía su vestido blanco. Una larga cola serpenteaba entre los pasajeros, mientras un par de fotógrafos la seguía en su paso de reina africana. El novio, un chico varios centímetros más bajo que ella, observaba de reojo la escena en un rincón hablando por su celular. Sus gestos enérgicos y su falta de compromiso con la deslumbrante escena que se llevaba a cabo frente a sus ojos me irritaron, sentimiento que me otorgó de vuelta la noción de mi propia existencia.


Ilustración. Ana Carulla.


Hasta hace poco más de medio siglo, vivía aturdido, como en un nimbo, estampado en este rincón del techo mirando la vida de los otros sin verla. Mi vida interior estaba vacía. (Puedo oír desde aquí algunas risitas, pero sí, al igual que algunos mortales, tengo vida interior). Los acontecimientos que observaba no me atañían, por lo tanto nada alcanzaba a constituirse como una experiencia propia. Tal vez mi existencia guardaba relación con la que llevan algunos monjes, desprovista de pensamiento y emociones. Y sin embargo… sin embargo tenía el presentimiento de que había algo más que la presencia visible de las cosas, algo parecido a los murmullos misteriosos que se reproducen a distancia cuando la gente habla en el Pasillo de Los Susurros aquí en Grand Central; al silencio que media entre un hecho y otro, entre la caída y el grito, entre la puñalada y la muerte, entre el beso y la despedida. Todas estas son cosas que yo he visto. Podía oír esos silencios, pero al igual que mi vida interior, estaban vacíos.
Hasta que ocurrió lo de Nadia. Fue el 24 de diciembre de 1958 exactamente. No debía tener más de nueve años. Una mujer de caderas anchas y tobillos hinchados la arrastraba de la mano, mientras ella con la cabeza echada hacia atrás miraba el techo. Los niños son quienes más se detienen a observar los resplandores que emulan las estrellas del firmamento. Pero su mirada no vagó boba y displicente como la de la mayoría de los chicos bobos y displicentes, la de ella se detuvo en mis alas demasiado pequeñas para mi cuerpo a medio hacer, y luego en mi único ojo. Nos miramos. La gorda, que debía ser su madre, la jaló con fuerza para que avanzara en medio del gentío que apurado se precipitaba a los pasillos para ser engullido por ellos. “¡Nadia!”, le gritó. Fue así como supe su nombre. Antes de ser vencida por la fuerza de su madre, Nadia me sonrió. Fue como si de pronto me hubiera sido revelado el secreto más recóndito de la realidad. De la realidad íntegra. La que está más allá de las sombras de mi cueva, y también la que mueve el engranaje oculto de todas esas personas que, día tras día, año tras año, he visto agitarse ahí abajo.
No quiero que se queden con la impresión de que soy un caballo sentimental. En absoluto. La sonrisa de una niña no es más que eso. La sonrisa de una niña. Einstein se preguntaba si la luna seguiría existiendo si nosotros dejáramos de mirarla. No pretendo dar una respuesta definitiva a las interrogantes que desvelaban a ese gran maestro; soy consciente que el mío es el decir del mero dibujo de un caballo. Pero lo que Nadia me permitió ver ese día, es que tras los trazos simplones de Helley soy yo quien está aquí. Yo.
No es gran cosa, dirán ustedes, pero es esta noción de mi existencia la que me permite seguir representando sin grandes contratiempos el papel de ser.