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SOBRE UN CIERTO PEZ VOLANTE

Ignacio Padilla

Para Marina Perezagua, pez luciente.

Niega también Villiers, en su último tratado, que haya en el Nuevo Mundo peces con alas o aves con escamas. A esto responderé yo con un ejemplo del que dan cuenta naturalistas fidedignos, y es que en el río Paraná hay un pez tornasolado que nace y crece en el aire, y sólo vuelve al río cuando es su hora de morir. Bien es cierto que unas veces muere antes de tocar el agua, pero esto sucede en tan contadas ocasiones, que mejor será tomarlas como excepciones.
Frente a la evidencia de que la vida de este pez es sólo aérea, alguno ha sugerido que se le cuente entre las aves o los insectos. Con todo, si nos atenemos a su naturaleza, no hay modo de negar que se trata clarísimamente de un pez.
En tanto pez, podemos afirmar que su vida es breve: dura apenas lo que vive un arenque fuera del agua. Un minuto, más o menos, si se hace la experiencia, es lo que tarda este desdichado en madurar, desovar y caer al agua en un tris de asfixiarse. Y dos o tres segundos le toma luego ser comido por peces mayores. Lo mismo puede pasarle al huevo que no llegue a nacer ni alzar el vuelo antes de tocar el agua: lo engullen grandes peces voraces que nadan siempre bajo estos enjambres tornasolados, como sus sombras hambrientas. Si el pez cae muerto en las aguas, los peces grandes lo desprecian y dejan que se hunda para servir de pienso a los monstruos abisales.


Ilustración. Walter Bolívar


Ni Klein ni Mensch, estudiosos de este triste animalito, ponen en duda su natural marino. Discuten, en cambio, sobre la noción del tiempo que les rige. Piensa Klein que para un hombre, y aun para otras criaturas, un minuto es poca cosa, cuantimás si lo señala la asfixia, como es el caso de este pez. Mensch, por su parte, piensa que estos pececillos tienen a su modo una vida tan larga y tan plena como la de cualquier otro animal.
Parece trágico, en efecto, que estos peces vivan en perenne angustia, fuera de su entorno natural. Pero ¿no es ésa la condición de todas las criaturas de este mundo? ¿No es peor la tragedia nuestra, pues sabemos que moriremos como fuimos una vez desterrados de la proximidad de Dios?
Algún paniaguado de Villiers ha escrito que estos peces así malditos son ejemplo de la pobreza del animal americano. Otros dicen que son ejemplo de la prueba de que la naturaleza americana es cruel, pues permite semejante agonía a sus especies. A ambos recordaré yo lo siguiente: no hay hoja que tiemble sin la voluntad del Señor. Verdad es que los peces tornasolados dan señales de no querer caer al agua, pero también las dan de ansiar clavarse en ella. Quizá al final estos peces se dejan caer con la certeza de que vivirán por un instante en una bocanada de agua, y que serán felices un segundo antes de que los maten los predadores. A este pez le queda al menos el consuelo de un tránsito feliz: el final de su desespero. Entra en el agua que hasta entonces desconocía, pero que fue siempre su destino y también su origen: al morir cumple y vuelve como hacemos los hombres, respirando hondo y aceptando un momento de resignada dicha que, si se toma en cuenta la fatuidad de cualquier existencia, tendrá que parecer eterno en la memoria.
Supe que un naturalista, tan zafio como bien intencionado, quiso alterar los términos de este raro ciclo. Para ello recreó en un estanque el entorno del pez tornasolado, aunque sin predadores. Volaron los peces, germinaron los huevos. Los peces maduros se dejaron caer cuando los apretó su asfixia. Puede ser que entonces gozaran su apoteosis acuática, prestos a esperar la muerte. Pero como ésta no llegó, una tristeza enorme los fue llevando al fondo del estanque. Ahí siguen, yo los vi. Este invierno cumplirán cuarenta años, inmóviles y perplejos.