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TESTIGOS DE LA SOLEDAD: LOS PERROS DE AKI KAURISMÄKI

Julieta Yelin




En las películas de Aki Kaurismäki suele haber perros. No cumplen funciones decisivas en el desarrollo de las tramas –siempre impecablemente trabadas– pero gravitan de modo sensible sobre nuestra percepción de ese mundo. Ahí están, en La vida Bohemia y en Nubes pasajeras, en Un hombre sin pasado y en Juha, en Luces al atardecer, en El Havre, pegados a sus amos, observándolos pacientes, acompañándolos en sus modestas hazañas y también en sus fracasos, dándoles un poco de abrigo cuando hace falta –calentando las camas o cediendo un hueso si no hay más nada para la sopa– y, al mismo tiempo, atándolos a la vida con el delgado hilo de la responsabilidad. Porque aunque a veces les cueste cuidarse a sí mismos, los personajes se hacen cargo de alimentar y darle techo a sus compañeros animales; su muda presencia parece salvarlos de la precariedad más absoluta.
La pobreza de mundo (Weltarmut) que Martin Heidegger reservó a los animales –perspectiva contrastada con la posición humana, formadora de mundo (Weltbildend), que hace posible la estructura del ser-en-el-mundo (Dasein), es decir, la de una apertura de lo viviente que sólo acontece en el hombre– es, bajo la lente de Kaurismäki, revertida en la vivencia de un mundo pobre. Porque los antihéroes de las películas son, antes que nada, carentes. Tienen poco de todo: poca plata, poca ropa, poca familia, pocos amigos, pocas ilusiones, poco que decir –y lo poco que dicen está tan despojado de énfasis y expresividad que pareciera que alguien les prestó las palabras para la ocasión, como si se tratase de un traje de fiesta que deberían devolver sin marcas de uso–. Están, en fin, al borde del silencio, en la cuerda floja de la humanidad. Son trabajadores explotados y alienados; lúmpenes; desempleados; bohemios muertos de hambre; inmigrantes refugiados; artistas olvidados o frustrados. Y esa precariedad impregna también su vida afectiva; aunque el amor es algo que sucede de un modo resplandeciente –por supuesto, parco en efusiones sentimentales–, el paisaje más frecuente es el del desamparo.


Imagen. Hoy se ha portado mal, Jazbeck


Esa atmósfera permea todas las situaciones, hay una suerte de inercia que hace que los personajes se comporten en compañía como si estuvieran solos: les pase lo que les pase –y les suelen pasar muchas cosas– responden con lo mínimo: permanecen inmóviles, inexpresivos; fuman, trabajan, cocinan, comen, toman cerveza, van en auto, escriben, componen, pintan, se enferman, se curan o se mueren; la mirada fija, como la cámara, evoca la perspectiva animal, que mira indiferente, como si no fuese vista. Ése es el rasgo distintivo de las actuaciones, muchas veces caracterizadas por la crítica como bressonianas: nadie actúa para los demás, y en esa ausencia de histrionismo la realidad toma una dimensión estrictamente fáctica: se hace lo que se puede y no es necesario representarlo ni adjetivarlo; para esta economía de resistencia con un gesto tiene que alcanzar.
En la última escena de La vida bohemia, Rodolfo, el pintor, pierde a su amada Mimi, que muere tras una penosa convalecencia. En la puerta del hospital lo esperan Marcel y Schaunard, los amigos, cuidando a su perro Baudelaire. Rodolfo les cuenta que su mujer ha muerto y Marcel le pregunta si quiere que lo acompañen; él responde lacónicamente que no, que necesita estar solo. Agarra la correa y la cámara fija muestra cómo se aleja caminando por una recova, junto a Baudelaire –a quien deja suelto– y a un segundo perro callejero que se les acerca, hasta sumergirse los tres en la negrura de un portal. Estar solo es para Rodolfo estar con su perro, y hasta quizás implique llevar una vida de perro, despojarse de un poco de mundo, hacer un homenaje a la renuncia.
Por eso se puede decir que los personajes de Kaurismäki no sólo protegen y quieren a sus perros, sino también que los imitan. Para poder sobrevivir en un mundo hostil, se apropian del sosiego de la mirada animal, que les ofrece una realidad más habitable, más sincera. Baudelaire no tiene que actuar, puede vivir sin verse vivir, y esa condición lo exime del duro trabajo de la imposición humana. La imposición sobre la propia subjetividad y sobre la de los demás, en un juego que es siempre, en última instancia, violento y jerárquico. Tal vez por eso Kaurismäki haya decidido que los perros estén allí, al lado de sus criaturas, contemplando la pobreza del mundo y dando, mejor que nadie, testimonio de la soledad.


Imagen. Hoy juegas con extraños, Jazbeck