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POEMAS

Lorena Ventura

¿Qué yo sería aquel que observase desde una conciencia despojada del yo?
— Chantal Maillard

Habitar la intemperie

Destruir el yo. Abreviarlo. Disminuirlo. Atenuarlo. No ser más el animal que respira, amanece y se desangra consciente de sí mismo. No ser la reflexión que oscurece el acontecimiento; la nostalgia y el anhelo del que nacen las comparaciones; el discurso que adviene como un torrente después del pronombre –esa herida.

Detener el yo. Atemperarlo. No ser más que una duración en el presente. Una pura insistencia en la superficie de las cosas. La atención de lo que ocurre. Extinguir el yo. Aligerarlo. Hacer de él una transparencia por la que el propio aliento buscará su cauce hasta con-fundirse con el ritmo mismo con el que se esparcen por el campo las estrellas de un diente de león.


Pelícanos

1
Esa tarde, después de insolarnos
una eternidad sobre la carretera
(sobrevivientes todavía de esa náusea
que un refresco azucarado
no había conseguido apaciguar),
te sentiste defraudada
por aquella parte del mar a la que
habíamos llegado.
No era playa, muelle ni escollera,
sino una extensa franja de desierto
donde la frescura del agua era lejana,
y el viento que soplaba a esa hora
astillaba con un oleaje de caliente arena
              nuestros cuerpos.
Escuché
el sonido de la arena en mis dientes
mientras caminaba
–más hundidos los pies con cada paso–
y tú
–más osada y acuática que yo,
              como siempre–
probaste a conjurar
aquel páramo implacable
con el abracadabra frío –pensaste–
              de la espuma
(era sólo el mar
que deshojaba crisantemos
haciendo de su orilla una lúcida blancura).
Soñaste que eras ese pez
que se dejaba traslucir
en la parte más alta y limpia de una ola.
No importó cuántas veces lo intentaras:
una y otra y otra y otra vez
el mar te devolvió
al comienzo de tu desaliento,
al margen de ese estallido
              enteramente húmedo e intratable
que era él mismo.


2
Nadar en mar abierto
no es amortiguar el ímpetu de la superficie
ni vulnerar su transparencia,
tan sólo la duración de nuestro cuerpo en lo mismo,
el pausado aprendizaje de esa duración
en pleno corazón
              del movimiento.
La recepción de un ritmo –lejano o profundo.
Su repetición. La posibilidad de su existencia
como un eco en nuestros poros.
Una escucha atenta y luego transformada
en un límpido lenguaje
              por el gesto.


3
Oficio de pelícanos
fue siempre esa antigua –o salada
resonancia.
Sus alas pesadas y flexibles
como una aterciopelada contradicción
para aprovechar mejor la trayectoria
              del aire que asciende.
El plumaje encerado
como la más fractal de las conspiraciones
contra la humedad del océano.
Los pelícanos
y su dulcificante red interior,
como un conjuro para combatir la sal del oleaje,
sus inmensos picos acostumbrados a la velocidad
y al magnetismo de ciertos peces.
Los pelícanos,
como pingüinos perfeccionados
–la segunda oportunidad
              que dios aprovechó para dar en el blanco–,
sus patas breves para una altura precisa,
para no probar más allá de lo necesario
la resistencia del cascarón,
navegando, como una diminuta embarcación
perfectamente impermeable
              después de caer en picada,
porque saben que el aprendizaje del mar
es apenas una inclinación de lo que son
a seguir el trazo de su hálito,
una pauta que el plumaje puede seguir sin mojarse,
porque se trata tan sólo de un contacto,
              de un llamado.
El mismo llamado al que entonces nosotras
no supimos atender.