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LA NOCHE
VALPÚRGICA

Mónica Ríos

Extracto de las novelas dobles Alias el Rocío (Lanzallamas, 2014) y Alias el Rucio (Sangría, 2015)

Todos los que caminamos juntos nos cuidamos de las melenas de los valles. Abajo empieza un nuevo baile y nos arrebujamos entre nosotros a cantar frente a las luces nocturnas. Le damos a la noche la cara de un sueño tenebroso. Bien podríamos andar con nuestras cabezas en la mano o parecernos al ser amado de cualquiera que mueva los pies. Vengan y suban con nosotros por la pequeña colina, transformemos nuestras voces muertas en un coro sobre un escenario que, de canto a grito, chilla ante el temblor de la tierra y provoca el derrame de lo marchito desde las barrigas. Caminamos juntos estatuillas, animales, humanos, cámaras y basura hacia la misma ciudad que nos vio nacer y morir para uso de sus habitantes adinerados, cuyas pieles rebosan vida. Visitamos este árbol de golletes plásticos y lo hacemos hablar como empresario, como político o intelectual, periodista o bufón, citamos las grandes obras de la historia y la literatura sin siquiera haberlas vivido mientras lo echamos a patadas sonorizando su escape con los tambores comprados en la juguetería de la chinoiserie. O apretemos nuestra materia biológica que vive de muerte incandescente hasta sacarle el espíritu para que hable en lengua mezclada desde los sonidos de las patitas de rana, ojos de muñeco, cara de niño, abuelo macilento, desde los hongos que crecen sobre nosotros. De nosotros el purista diría: ¡qué putrefacción reina en este lugar! Pero sois humanos y la cámara así lo demuestra. Solo ella os puede captar, solo la luz roja. Sin director, el coro nos alineamos junto a los bichos, gusanos y las escuadras de la muerte para que vayan hacia un lado y otro: hacia los desechos, hacia los laboratorios. En ambos se gesta la muerte. Y gritamos que en los libros también y rayamos los pedazos de cuerpos listos para cocer, coser y comer que aparecen descritos bajo sílabas ignotas hasta hacerlos vivos y sonorizarlos con sílaba propia. Aparecen las arañas con cara de virgen y político de derecha. Aparecen las hormigas con cara de amenaza al sistema. Pintamos las cucarachas con patas peludas y gritando al unísono una cancioncita imbécil. Los pájaros vuelan asustados, pero libres. Las ratas furiosas recorren la ciudad con cara de perro hambriento. Las águilas en vez de garras tienen lanzallamas. Los pudúes con cara de malos corren por la Alameda asustando a los elefantes, a los tigres, a los rinocerontes. Todos ellos, cantamos, están muertos, pero aun así son útiles. Avanza por ahí el monumento de bronce. Viene arriando caballos con melena maciza. Tiene nombre importante y mira al futuro. Sin moverse no puede abrir la boca y únicamente se escuchan los latigazos metálicos que cruzan las espaldas de sus esclavos del color del óxido. Por atrás vemos a los que saben y tocan sus tambores haciéndonos bailar, y evitando que entremos al sur. Nos ayudarán, ofrecen en canto, pero nosotros no entendemos la palabra venganza, nada más la palabra ser que sale desde nuestras costuras ajadas. Ya no necesitamos ni comida, ni covacha, ni nidos, ni cercanía de los nuestros. Solo un poco de rocío para mantener elásticos estos cuerpos cocinados en formol que coinciden con nosotros. Todos juntos desbordamos el escenario y todo se vuelve lugar de la acción; rebalsamos la cámara y tu propia existencia detrás de esta misma palabra que lees: la palabra. No nos importa que no haya disco lunar porque nosotros no vemos más que el sol que sale desde debajo de las luces: desde la ciudad, desde el vertedero corren hacia aquí los fuegos fatuos sin quemar todo lo que tocan, aunque sí volviendo sus caras en estratos de vida ominosos a la vista.
Desde arriba miramos hacia abajo, desde el medio miramos hacia abajo, desde abajo miramos hacia abajo. Estamos en todas partes. Aquí y allá más de alguno capta que se yerra desesperadamente en este mundo, que allí está prisionero el cuerpo del rocío y que se evapora con cada mata que nace. No se sabe si es cámara o el que está a su lado quien pide que se le devuelva al gusano su figura perruna, y que pueda de nuevo mirar con su ojo ciego por entre el bosque del cerro contiguo, sin temor ya a que caiga en manos de la ciencia, la política y el conocimiento. Devuelve a esta basura su forma predilecta para que la vida nuevamente se le consuma hasta el tuétano. Hay que sacar el cuerpo de la escenografía, entendemos todos juntos. Sin la ayuda del colilargo ni del hombre de la barba blanca que erige su pene marmóreo por sobre el alimento, los animales cocidos, cosidos y comidos prendemos las luces de la escenografía con nuestros propios cuerpos. Iluminamos el bulto, la bolsa negra, las vendas amarillas, la boca sin dientes, la cicatriz amoratada, al mismo tiempo que abajo estallan las bombas en las cuadrículas ministeriales, cansados ya de andar como perros todos nosotros. Se cae la escenografía y solo quedan las luces que salen de nosotros en la noche sin disco lunar.
El track sonoro es ahora coro en vivo: en medio del campo, en la cueva, en la covacha, a pleno sol fatuo, se encuentra la figura del bulto, de la bolsa plástica negra, el cuerpo de la mujer con las vendas, la turista momificada, el cuerpo del Rocío. Muerto entre los vivos, su ausencia echa a andar toda la acción que está alrededor, incluso el play que ahora titila verde y rojo, dependiendo por cuál lado uno lo mire. Las vendas cambian de color. Ahora las garritas del gato, el hocico del perro, la pata de caballo, el vientre de guarén, el lomo blanco de un oso se calzan la bata celeste, el cinto, el gorrito, las mascarillas y el guante de látex. Disponen las pinzas, las tijeras, el bisturí, y hacen el primer corte en el mismo momento en que el sol se asoma por la cordillera de Los Andes iluminando por igual ciudad y vertedero. Apenas sale el sol pega sobre las vendas que caen abiertas como crisálida y lo que había dentro se evapora como rocío.