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SOY LEÓN

Neige Sinno

El hombre rico me invita a cenar a su casa. He ido varias veces a ver los cuadros, pero nunca a cenar. Hoy tenemos que revisar algunos detalles de la publicación, poemas míos junto a fotografías de arte de su colección, y él se desocupa hasta las siete. Dijo: quédate a cenar, así aprovechamos para platicar del libro. Dijo esto como si nada, educado, amable, como hace todo, sin parecer imponerse, acostumbrado a que se haga lo que sugiere, simplemente.
Cuando llego a la casa no se encuentran todavía. El señor de la entrada me reconoce, abre la puerta, me lleva adentro. Puedes esperar aquí, dice, no van a tardar. Se quiere ir, se siente incómodo en el salón, y conmigo también. No soy de los ricos pero tampoco soy de los suyos. Lo libero, me siento en el sofá y abro un libro que está en la mesita.
Me quedo sola en esta sala llena de objetos delicados y extraños. Podría robar algo, pienso otra vez. Siempre lo pienso cuando me dejan en el cuarto de los cuadros. Confían en mí o a lo mejor hay alguna cámara o el cuidador me vigila desde algún punto estratégico. Quién sabe. Lo cierto es que no voy a robar nada, no podría. El libro que abrí es un libro de arte. Hay obras de la colección de mi mecenas entre sus páginas. Me detengo en una pintura de Goya. La he mirado mil veces, me fascina. Me gustaría ver alguna vez el original que Goya pintó sobre la pared de una casa en el campo; ya muy viejo, enfermo y luchando contra sus demonios. Es una imagen rectangular, ocupada casi enteramente por una superficie de tonalidad ocre, en cuya parte baja se ve una forma imprecisa, color tierra, un cerro, un montículo de arena, un muro deshecho tal vez, encima del cual se asoma la cabeza de un perro. El título es Perro semihundido. No se sabe si se hunde o si emerge. Entiendo perfectamente este cuadro, este perro como los que tenemos aquí, perro callejero, roñoso, solitario, perro que pasa desapercibido entre las piernas de la miseria. Nadie lo ve y él ve todo, es como el pintor, un par de ojos negros que ven, el observador, el testigo.
El salón, los techos altos, las plantas, todo es muy bello. Se respira un aire limpio, un aire elegante. Me gusta la luz de la tarde que entra por ventanas inmensas compuestas de vidrios de tonos ligeramente distintos. Sin embargo no envidio este lujo. ¿Para qué? Escucho pasos en la entrada. Están por llegar. De repente siento ganas de huir, meterme en un lugar seguro, encerrarme en el cuarto del fondo que conozco tan bien, lleno de obras de Remedios Varo que el hombre heredó de su padre. En unas semanas se van a exponer por primera vez y me contrataron para escribir poemas para el libro de la exposición.
Entran, el hombre rico y su mujer.
Hola Yatzín, buenas tardes, mil disculpas por el retraso, dice él mientras ella se acerca para darme un abrazo. El contacto es agradable, ni muy apretado ni demasiado ligero, un abrazo parecido al aire de este departamento. Sonrío, devuelvo el abrazo. Halago el huipil de la señora, un bordado hermoso. Siempre viste a lo Frida Kahlo. Es muy morena, casi tanto como yo, tal vez por eso siento más proximidad con ella que con él. Me debería impresionar su belleza, pero su actitud logra suavizarla, como si la pusiera al alcance de los demás, como si no tuviera importancia. Voy a cambiarme, dice, y desaparece.
Traje un vino. Tardé una hora en seleccionarlo pero seguramente no es de los que ellos toman. Ni modo. Abre mi botella, supongo por cortesía. Me sirve una copa. Para él un coñac. Nos sentamos, yo en el sofá y él en un sillón. Bebo un trago. Sabe delicioso, que alivio.
Invité a otro amigo, espero no te moleste, tenía que pasar por unas llaves. Murió su mujer hace un año, sigue devastado. Quisiera verlo más seguido, pero estoy muy ocupado. Es un tipo interesante, te va a gustar. Un enamorado de las bellas artes. Su familia tuvo durante años la galería del Gato Pardo.
Un lugar mítico, digo. Por lo menos sé más o menos qué es la galería Gato Pardo, una plataforma del arte de los años treinta donde expusieron los surrealistas. Siempre me da vergüenza no conocer las cosas de las que habla. Por otro lado, pienso que mi mecenas y yo somos los seres humanos que más tiempo han pasado con los cuadros de Remedios Varo que están en el cuarto escondidos. Compartimos esto, y otro secreto que son los poemas que traigo en mi morral, que sólo él y yo hemos leído.
Claro, dice. Mi amigo estuvo a cargo de la galería hasta que la traspasó a Carlos Monte del Pío Baroja. Pinche Carlos, trasformó el lugar en un basurero posmoderno, pero, qué más da, las vías del gusto ajeno son impenetrables. Y él ahora, mi amigo, se llama Tiberio, se dedica a otras cosas. Está apasionado por el tema de la energía.
Tardo mucho en entender de qué se trata. Luego, en la plática con el amigo, un señor mayor en traje Armani con una corbata de estampitas de caballos, entiendo que se dedica al petróleo y a la energía solar, a hacer dinero, pues, pero mi mecenas siempre tiene que darle un toque artístico a todo. Como si la energía del otro fuera algo esotérico.
Hablan de arte, seguramente para no excluirme de la conversación, y agradezco en silencio la delicadeza del gesto. Poco a poco me percato de que han visto de cerca todas las obras y los lugares que nombran. París, Londres, Nueva York, Roma. Yo también estuve en Roma, pero no lo menciono. ¿Para qué? Pero mientras hablan del Caravaggio me acuerdo de este viaje. Roma. Todo era tan bello, y tan caro también. Tuve que acostarme con un italiano asqueroso para ahorrarme lo del hotel. Sonrío, por lo incongruente que resultaría contar eso ahora. La mujer nos escucha desde la cocina americana, en otro atuendo fridesco, más cómodo, mientras calienta la comida que, supongo, alguien cocinó para nosotros, la misma persona invisible que limpia y ordena todo para que podamos estar sentados en este sofá de piel suave, platicando de la galería Gato Pardo.
¿Y no te da tristeza, Tibe, ver lo que han hecho con este lugar?, pregunta el hombre rico. Adivino que no es la primera vez que tienen esta conversación.
Mira, querido, yo sé que tú piensas que el mundo se acabó con los impresionistas. Cierto mundo se acabó y ahora sigue otra cosa, te guste o no, y el mundo de hoy requiere un lenguaje propio. Fui a ver una muestra hace poco en el Gato y me topé con un trabajo que me impactó mucho. Una obra hecha con playmobils, que representaba nuestro presente, la violencia, las armas. Me hizo llorar.
Mi mecenas me mira. Siempre quiere demostrarme algo, que ellos tienen sentimientos también, algo así. Tal vez piensa que los desprecio. Pero no, no los desprecio. Y ellos tampoco a mí. Me sorprende lo que siento por ellos, lo que sienten por mí. Nos separan abismos, pero no de la manera que esperaba.
¿Qué soy para ellos?, me pregunto, mientras nos sentamos a comer y la conversación se centra en los hijos de Tiberio. Me respetan, como si me tuvieran miedo. A la vez, sé que podrían destrozarme tan fácilmente que la idea es obscena. Con un cerrar de ojos. Sin embargo necesitan que yo exista, que haya gente como yo en el mundo. Por eso nos mantienen, a mí y a los artistas pordioseros que financian, estamos en peligro de extinción.
Esta navidad quiero hacer algo realmente especial con mis hijos, dice Tiberio, será la primera navidad que pasamos sin su madre.
No necesito cruzar la mirada para entender el punto que podría desarrollar el hombre rico: el sufrimiento es común a todas las clases sociales, no somos tan lejanos. Me sirven un vaso de vino y descubro con asombro que el que traje era tremendamente ácido.
¿Y cómo está Sebastián?, pregunta la mujer. Pobre chico.
Mejorando. Está yendo a terapia, dice Tiberio. Es un año terrible para él, primero su madre, luego su mejor amigo. No sé si se enteraron que murió Joaquincito, el hijo de Joaquín Castillo de Castilla.
Qué tragedia, dice el hombre rico. Fue su propia madre quien nos dio la noticia.
Luego cuentan la historia para mí: durante un safari, en Kenia, toda la familia, mamá, papá, los dos hijos adolescentes y un guía dormían en tiendas de campaña después de un día agotador buscando leones en la estepa. El hijo, el amigo de Sebastián, se levantó en la noche, suponen para ir a mear, contemplar las estrellas, nunca supieron. Se alejó un poco del campamento y lo atacó un león. Murió en el jeep, durante el viaje de regreso a Nairobi.
Qué triste, digo yo.
Por eso te pedí las llaves del departamento de Anchorage, amigo, quiero sorprender a mis hijos, hacer algo los tres nada más. Nos quedaremos allá un par de días y luego tomaremos el tren hasta Fairbanks, y de ahí una excursión en trineos de perros hasta un lugar muy cerca al círculo ártico donde sólo hay un hotel, en medio del hielo. Calculé todo para que veamos la aurora boreal el día de navidad.
Hermoso, dice la mujer.
El cielo va a ser espectacular. Irene amaba tanto a las estrellas, será una forma de recordarla.
Intento imaginar este viaje. No pensaba que algo así fuera posible, que existiera gente que va a Alaska para pasar navidad. Intento mantener mi suspensión de juicio.
Te quedó delicioso el salmón, amor, dice el hombre rico.
Tiberio tiene que irse, mañana tiene una reunión importante. Me ofrece llevarme. Resisto, digo que puedo pedir un taxi, pero insisten. Termino aceptando.
Te hablo luego, para los últimos detalles del libro, me dice el mecenas al acompañarnos hasta el carro del amigo. Asiento. No hemos hablado del libro en toda la noche.


Ilustración. Alejandra Céspedes


Así es como llego al asiento delantero de un carro lujoso, verde oscuro, con olor a perfume fino, a poder. El tipo pone mi dirección en su GPS y ahí vamos hasta mi colonia mugrienta. Hay un silencio. Temo que me ofrezca dinero por sexo. Todo apunta en esa dirección: hombre con zapatos italianos, bronceado, cansado, mujer joven, frustrada y ambiciosa, carro, soledad, noche. No lo hace. Mejor así.
Me deja frente a la puerta del edificio. Subo los tres pisos y entro sin hacer ruido. Mis caseras, dos ancianas gemelas que huelen a moho, están dormidas. Qué bueno. Voy a mi cuarto sin hacer ruido, quisiera lavarme los dientes pero el viaje al baño las podría despertar, me quito los jeans, la camiseta, dejo la ropa en la silla, fumo un cigarrillo a la ventana y me acuesto.
Estoy agotada. Siento que me gana el sueño. No estoy dormida, pero tampoco despierta. Caigo en ese estado en el cual nace algo parecido a los sueños pero que son a la vez pensamientos o brotes de conciencia, no sé. El hecho es que pienso o sueño o imagino a la familia del safari. Las tiendas de campaña pegadas unas a otras en la sabana, encendidas desde adentro como farolitos chinos. Una tras otra se apagan. La oscuridad se vueve más espesa, más rica, como si las plantas aprovecharan para crecer. Escucho con gusto el concierto disonante de los ruidos de la noche. Percibo las respiraciones de los durmientes, que se superponen rítmicamente. Las oigo distintamente, las puedo oler. Puedo oler también los cuerpos detrás de las telas, puedo medir la temperatura de cada cuerpo. Acecho, por el momento, nada más.