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EL JAGUAR

Roberto Bravo

En el parque La Venta de Villahermosa, Tabasco (México), tras una jaula, conocí el animal más hermoso que he visto; su belleza hipnótica, característica de todo lo admirable, me detuvo frente a él tanto tiempo que sentí la incomodidad del que es sorprendido haciendo algo a lo que no tiene derecho.
Ajeno a la seducción inducida, el jaguar daba vueltas en su pequeño entorno sin la mirada de perseguido que muestran otros animales ante testigos de su majestad y que al sentirse acechados se hacen activos o pasivos de manera degradante.
Más que un ente acorralado a quien por su pulcritud y presencia debíamos considerar un dios, el jaguar se mostraba reflexivo, desdeñoso, interesado únicamente en su otredad. Caminaba tranquilo, no interesado en su siguiente paso sino más bien sintiéndose solo, afrentado por el infinito circundante. Sus ojos ardían con indiferencia hacia quienes lo mirábamos. No olvidaré su impasibilidad como tampoco la elegancia de sus movimientos. Su andar ponía en acción una red de músculos que se proyectaba en el tramado de su piel. En la piel del jaguar no se lee el infinito, por el contrario, se evidencia lo desposeído de materia, la minúscula parte del universo, eso que durante milenios el Hombre consideró “el vacío”. Aquella arquitectura perfecta de huesos, músculos, piel y pensamiento no inspiraba temor. Nuestros antepasados admirados de su acabado lo debieron amar, como yo, por su belleza.