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CUERVO

Stephen Cooper
Traducción del inglés por Daniel Cooper y David Ramírez

Cuando regresamos de la montaña estaba atardeciendo. Me dolía la cabeza del hambre y la sed. Me tumbé sobre las rocas para beber agua del río mientras mi padre me sujetaba del cinturón.
Después sacó su caña de pescar del baúl del carro.
Permanecí a su lado en la orilla para verlo lanzar y recoger el hilo de su caña, que llegaba cada vez más lejos sobre las ondas del río. Yo amaba a mi padre pero tenía hambre y frío y miedo de él, todo a la vez. De repente vi una trucha saltar, revolcarse y hundirse en el agua como queriendo romper el hilo. Mi padre se aferraba a su caña firmemente para mantener el hilo tenso pero la trucha se dio la vuelta y lo embistió antes de que él pudiera recogerlo. El hilo se enredó. Mi padre dejó la caña sobre las piedras, entró al río hasta la cintura y arrastró el hilo para llevar el tembloroso pez hasta la orilla.
En su mano se veía hermoso, como un gran arcoíris. Y también en el pasto junto a las rocas. El animal intentó regresar de un brinco al agua pero mi padre lo golpeó en la cabeza con sus nudillos, dos veces, hasta que quedó ahí, con sus branquias palpitando y ese ojo abierto.
“Se lo tragó”, dijo mi padre. “Mira qué maravilla”.
Con su navaja cortó el hilo que salía de la boca jadeante, y cuando rajó el vientre para sacar las tripas, brotó un sonido húmedo, como un gorgoteo. Vi sus entrañas negras y púrpuras repletas de huevitos amarillos y el señuelo brillante atado al anzuelo. Mi padre cortó el hilo enredado y lo tiró junto con las tripas a un arbusto cercano. Luego hizo una nueva fogata en el círculo de rocas ya negras.
Esta vez el fuego resultó más pequeño. Mi padre ensartó la trucha en un palo verde y la puso sobre las llamas hasta que la piel quedó dorada y chisporroteaba y los ojos del animal parecían dos balines blancos. Nos comimos la trucha con los sobrados de hamburguesa y grasientas papas fritas. Aunque todo estaba frío, sabía bien.
Ya casi terminábamos de comer cuando dos cuervos aparecieron en la orilla del río. Nos estudiaban bajo la luz tenue, o así parecía. Dando pequeños saltos fueron hasta el arbusto y empezaron a graznar. Pronto se estaban picoteando, exhibiendo sus alas sobre sus cabezas y peleando por las tripas secas de la trucha.
Mi padre alzó los brazos e hizo como si fuera a perseguirlos. Cuando terminaron los graznidos, uno de los cuervos alzó vuelo y desapareció. El otro se quedó ahí, desafiante, intentando asegurar las tripas en su pico negro. Al rato, con las tripas ya colgando, batió sus alas hasta posarse en la parte alta de un árbol muerto. Las ramas retorcidas no tenían hojas y el tronco estaba partido en el lugar donde hace mucho tiempo había caído un rayo que quemó su interior. Se podía ver cómo la madera muerta se había puesto gris.
“Estás temblando de nuevo”, dijo mi padre.
Se quitó su chaqueta y utilizó las mangas para llevar al carro las piedras que rodeaban la fogata y acomodarlas sobre los tapetes gastados. Luego me envolvió con su chaqueta y me llevó alzado hasta la silla delantera. Se subió en la parte de atrás. Cerró la puerta.
“Allá vamos”, dijo mi padre, aunque no íbamos a ningún lado. Ahí adentro era tibia la oscuridad. Podía escuchar nuestra respiración.


Ilustración. Ana Carulla


En algún momento de la noche los graznidos volvieron a empezar. Al amanecer yo estaba congelado y el cuervo seguía graznando. Cuando después salimos del carro y nos frotamos las manos de pie junto a los rescoldos de la fogata, el cuervo seguía graznando.
“Sinvergüenza desagradecido”, dijo mi padre.
El cuervo estaba en el mismo árbol, sobre la misma rama quemada, y sacudía su cabeza a la vez que graznaba en gritos roncos, por docenas.
“Ya”, gritó mi padre. “Ve y busca a tu hermano”.
Y le tiró una piedra que rebotó en una rama cercana. Al escucharla, el cuervo se inclinó y extendió sus alas. Intentó volar pero retrocedió abruptamente y se encogió en sí mismo. Estaba agitado, no podría decir por qué. Entonces lo vi colgando de la rama carbonizada, boca abajo. Batía sus alas y se revolcaba para incorporarse de nuevo. Tras luchar por varios segundos, golpeando el aire con sus alas, logró volver a la rama. Permaneció ahí, negro y graznando.
“Se atrapó a sí mismo”, dijo mi padre, y finalmente entendí lo que pasaba. La parte enredada del hilo de pescar estaba atorada en la garra del cuervo, y lo sujetaba a la rama de ese árbol retorcido y chamuscado.
El cuervo intentó elevarse de nuevo y de nuevo el hilo lo retuvo y acabó colgando patas arriba, contorsionándose, abofeteando el aire, luchando para regresar a la rama. Cuando lo logró, se mantuvo ahí, aún más enredado, en silencio al principio y graznando después. Trató de volar nuevamente pero el hilo lo jaló una vez más. Luego de un rato se resignó y quedó pendiendo de la rama, brillante y exhausto, con su cuello inclinado para mirarnos mientras daba vueltas en el aire.
La frente de mi padre se llenó de arrugas. Él me miró y procuró sonreír.
“Socio, espérame aquí y no te muevas”, dijo mi padre.
Yo quería decir “NO” pero él ya estaba trepándose a la roca grande junto al árbol, después a la rama más baja. Alzó los brazos para ayudarse a subir, como un marinero encaramándose al mástil de un barco. Cuando estaba acercándose al cuervo, el animal empezó a luchar otra vez, con más fuerza, perdiendo plumas y chillando más alto; parecía una mancha revoloteando en su cara. Mi padre extendió el brazo para cortar el hilo enredado. Cortó un nudo y otro y luego otro y otros más y el cuervo cayó más abajo y más abajo hasta que por fin se dio cuenta de que era libre y voló. Lo vi elevarse hacia las puntas de los árboles y, antes de que desapareciera en la luz del amanecer, vi brillar un pedazo de hilo de 4 libras que colgaba de su garra.
Cuando mi padre se bajó de la roca, sus manos y su ropa estaban negras por la madera quemada y su cara y su cuello llenos de raspones. Vi que estaba sonriendo mientras me alzaba y que su frente estaba lisa.
“Hora de irse, campeón”, dijo mi padre.
Entonces sacamos las piedras del carro y las tiramos al río. Al llegar a la última piedra mi padre dijo: “Mira esto”. La tiró alto y la piedra golpeó el agua con un sonido hueco y desapareció. Yo pensé en las otras truchas todavía nadando ahí abajo en la corriente.
Subimos al carro. Mi padre aceleró el motor levantando una nube de polvo y humo. Tenía una mano en el volante y la otra sobre el espaldar de mi silla para mirar hacia atrás. Las llantas crujían debajo del carro. Mi padre metió primera y empezamos a descender por la carretera zigzagueante envueltos en el polvo.
Mi padre era un gran conductor, yo me sentía protegido y pensaba en el cuervo. Se va a enredar de nuevo, lo sé. Se va a posar en otro árbol y cuando quiera volar algo lo va a retener y terminará colgado patas arriba y entonces no estaremos cerca para que mi padre se trepe y lo libere. Se va a quedar ahí, colgando, graznado, balanceándose, ¿y dónde estaremos nosotros?