Issue Home Mag Home

LOS ANIMALES
NO SE SUICIDAN

Santiago Wills

El perro saltó por el balcón el día después del cumpleaños de papá. Tenía nueve meses. Acostumbraba quedarse horas mirando la calle desde las alturas. Cayó desde un séptimo piso. Murió instantáneamente. Parecía una obra de arte expresionista reventado en el pavimento.
Papá descartó que fuera un suicidio. “Los animales no se suicidan”, me dijo después de que enterramos los restos. Le conté el caso de los lemmings y me contestó que todas esas historias no eran más que patrañas. Los lemmings no saltan desde los acantilados para controlar el tamaño de la población, me dijo. Los animales no se suicidan, repitió. “El perro no se suicidó”, dijo en el auto de regreso a casa.
La mucama me contó que el perro ya había intentado saltar en una ocasión. Ella lo había visto. El perro había apoyado sus dos patas delanteras en la baranda y se había impulsado con sus patas traseras. Era aún muy pequeño entonces no lo había logrado. Ella no le dijo nada a papá porque pensó que era algo normal en un cachorro. En aquella ocasión, lo regañó. “Perro estúpido”, le dijo. Nunca imaginó que lo volvería a hacer. Ahora se arrepentía de no haber dicho nada.
Papá solía encerrar al perro en el balcón a modo de castigo. Al perro no parecía importarle. Observaba la calle. Alzaba las orejas cuando escuchaba el ladrido de otro perro lejano. Se sentaba y miraba a papá con la lengua afuera mientras él lo regañaba por orinarse en el apartamento o por comerse los libros de la biblioteca. Papá le gritaba, pero el perro no entendía por qué. Se acostaba en el piso y daba vueltas. Ladraba y batía la cola. Siempre que papá abría la puerta, el perro saltaba y ladraba. Tal vez los perros no entienden nada.
Una tarde, papá regresó del trabajo y encontró al perro sangrando en la sala. Había saltado sobre una mesa de vidrio hasta romperla. Se cortó una pata. Huellas de sangre trazaban mapas sobre la madera. Papá lo tomó del cuello y lo sacó al balcón. Tomó una escoba y un recogedor y recogió los vidrios rosa que adornaban el piso. Limpió con un trapero, gritando ocasionalmente. El perro lo miraba desde el balcón con la lengua afuera. Papá lo insultó y lo golpeó con fuerza, pero se sintió mal después. Se lo contó a mamá cuando ella regresó del trabajo. Esa noche el perro durmió en el balcón.
Desde aquella tarde, el perro se orinaba cada vez que papá alzaba la voz. Sin importar a quién se dirigieran los gritos, el perro inevitablemente bajaba la cadera y dejaba escapar un chorro amarillento sobre el piso. Papá gritaba aún más. El perro huía hacia el balcón y se apretujaba contra una esquina. Y allí permanecía horas, observando la calle.
Una semana después del accidente, papá despidió a la mucama. Mamá le contó lo que me había dicho y papá, furioso, le gritó que no volviera nunca más. Ese mismo día, papá trajo a casa un perro nuevo.