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JUAN EMAR,
ESCRITOR DE BESTIARIOS

Victor Manuel Osorno Maldonado


ADVERTENCIA. En los textos de Juan Emar (1893-1964), delirante narrador chileno que hasta hoy permanece en la sombra, se encuentra una galería dispersa de animales grotescos, absurdos y surreales. He aquí parte de ese listado extenso e inquietante que presenta un mundo animal con leyes muy distintas a las de la Naturaleza. Si el lector siente curiosidad por saber más sobre cualquier especie, no dude en consultar alguna de las obras referidas. Aunque en ellas no encontrará un bestiario propiamente dicho, sí hallará material suficiente para organizarlo y descubrir que muchas bestezuelas no siempre son como las pintan.

LA POLILLA INSACIABLE. Esta entrada remedia un olvido del autor. Habían pasado diecisiete años desde la última vez que estuvo en su biblioteca. Cuando cruzó el umbral, lo primero que vio fue la mesa de trabajo. En ella estaba su libro de los Cantos de Maldoror (1869) tal y como lo había dejado, aunque cubierto con una gruesa capa de polvo. El silencio sepulcral del lugar fue interrumpido por un levísimo sonido, una trituración casi imperceptible que provenía del ejemplar. Lo tomó entre sus manos, lo revisó y se percató de que uno de esos bichitos bibliófilos, cuyo nombre nunca pudo recordar, se lo había comido. Le pareció lo más normal, pues sabía que, por algún extraño capricho de la naturaleza, esos diminutos insectos subsistían gracias a las bibliotecas abandonadas. Pero esta alimaña que saboreó la obra cumbre de Lautréamont era muy exigente, así que no empezó a comer en cualquier sitio; eligió la última letra de la última palabra de la última línea del último canto. Su hambre fue tan voraz, que el banquete terminó en la primera letra de la primera palabra de la primera línea del primer canto. Al salir del libro, el animalito explotó y su alma microscópica partió al todo. Sus restos mortales descansan, en la misma biblioteca, bajo el Cantar de los Cantares (s. IV a.C.), o al menos eso asegura Juan Emar en la novela Un año (1935).

LOS MONOS CINOCÉFALOS. En el Zoo de San Andrés viven estos magníficos ejemplares antropoides. Además de alimentarse, sus actividades predilectas son orinar con profusión y acoplarse en parejas. Aunque dicha especie se caracteriza por tener cabeza de perro, en lugar de ladrar, rinden tributo al astro rey mediante un cántico estridente. Congregados alrededor de una peña, los monos caninos elevan sus voces hasta unificarlas en un solo y agudísimo sonido; una nota tan intensa y chirriante que los sumerge en el más profundo de los éxtasis. Justo cuando hay dos visitantes, el arrebato sale del espacio ocupado por estos peculiares primates y un hombre funde su voz de tenor con el canto simiesco, mientras su esposa hace lo mismo valiéndose de una vocalización que se estira suave hacia el cielo, como un tubo de terciopelo azul. Para cuando el cantar alcanza toda su potencia, los cinocéfalos levantan los brazos al Sol cuyo brillo hipnotiza sus miradas. Pero llega el momento en que la nota desciende, entonces regresan a sus cuatro patas, las cuales mueven como resortes haciendo temblar el resto de sus cuerpos. Instantes después, vuelven a comer, a acoplarse y a orinar profusamente como si nada hubiera sucedido. Este inusitado espectáculo sólo ocurre en el Zoo de San Andrés, situado en las inmediaciones de San Agustín de Tango, ciudad imaginaria donde transcurre Ayer (1935), otra de las obras literarias firmadas por Juan Emar.

LOS PERENQUENQUES SIBARITAS. Pequeños insectos que habitan en las regiones de Illaquipel, sitio famoso por la producción de una miel cuyo regular consumo asegura excelente salud y conduce a la inmortalidad. Estos bichos son cruciales en la producción del dulce elixir. Aunque los perenquenques reducen su existencia a comer y defecar, no se contentan con cualquier alimento y sus deshechos causan más interés que indiferencia entre los hombres. La dieta de estas alimañas consiste únicamente en semillas de fucsias, aquellas flores rojas con púrpura, semejantes a una pequeña campana y de las que se suspenden varios estambres alrededor del pistilo. Las fucsias abren sus pétalos brillantes ante las manos de varios recolectores que a diario buscan las semillas para alimentar a los perenquenques. Tras digerirlas, los bichos vuelan sobre un campo fértil, las expulsan y, días después, asoma el primer brote de una nueva flor, en todo igual a la anterior pero enorme. De aquellas fucsias descomunales, más grandes que una casa e incluso que un edificio, brota la famosa miel de Illaquipel. Respecto a la apariencia específica y al método reproductivo de estos difusos, peculiares y demandantes bichitos, no existe ningún dato concreto hasta el momento, de hecho, es muy vaga la información sobre ellos que aparece en Miltín 1934 (1935), texto en el que Juan Emar les dio vida.

EL PÁJARO VERDE. Nacido en la isla de Tabatinga, localizada justo en medio del Amazonas, el pájaro verde vivió en libertad por mucho tiempo, hasta que Monsieur De la Crotale, un investigador francés que acampaba en la isla para recabar datos sobre la flora y fauna: lo convirtió en su mascota y volvió a París con él. El ave logró cruzar el Atlántico sin problema, incluso se adaptó a su nueva vida en Europa, donde recibía cariños y buenos tratos. Era tan querido en la familia De la Crotale, que uno de sus integrantes decidió inmortalizarlo en un lienzo, mas por la inmovilidad de la pose y las emanaciones de las pinturas, el pobre loro murió. No quisieron deshacerse de él, así que lo embalsamaron y lo fijaron a un pedestal de ébano. Este trofeo animal pasó de mano en mano, fue adquirido por un anticuario parisino y, finalmente, encontró un lugar definitivo en el escritorio de Juan Emar. El loro era todo quietud hasta que un día al tío José Pedro se le ocurrió llamarlo “Infame bicho”, frase que le bastó para recobrar la vida, cruzar volando la habitación y propinarle un golpe en el pecho con el pedestal adherido a sus patas. Después, el iracundo pájaro lanzó un picotazo sobre el rostro del tío, vaciándole uno de los párpados. Sin embargo, el globo ocular se aferró a su cara gracias a una delgada vena. Con el siguiente encontronazo desapareció su nariz, dejando un hueco al centro que parecía el cráter de un volcán, pues en él se inflaba y desinflaba una carnosidad tan roja y viscosa como la lava. Para rematar al pobre tío, el pajarraco le arrancó el mentón, mismo que rodó por su pecho y limpió una mancha de polvo que el pedestal de ébano había dejado al golpear su corbata. Así murió el tío José Pedro, justo cuando el reloj marcaba las diez con tres minutos y cincuenta seis segundos, según precisa Juan Emar en Diez (1937), su único libro de cuentos.


“Don Urbano se vistió de pájaro para ir a comer jaivas” es una reproducción de un dibujo de Juan Emar, localizado en el Archivo del Escritor de la Biblioteca Nacional de Chile, y publicado en Don Urbano. Dibujos inéditos de Juan Emar, San José de Maipo: Dedal de Oro Editora, 2011.