Parrafo magazine

Ráfaga de luz

Geraldina Chacón Domínguez

Pantallas y pantallas por todas partes, de distintos materiales y tamaños, son tal vez el objeto más común en nuestra vida: el cine, la televisión, los espectaculares, la computadora, el teléfono, pantallas en el coche, en el autobús y en el avión. Vivimos invadidos literalmente por estas formas visuales y, de preferencia, animadas.
Tal vez por eso, hubo una forma que se fue.
O la dejamos ir.
O en el diario ajetreo se nos olvidó que un día la guardamos y ya no quiso salir.
Y es que sólo mostraba imágenes estáticas.
Y no sabía correr.
Todo lo contrario: era una forma de paciencia. Y hoy ya no hay tiempo para eso.
Pero al mirar atrás recuerdo que pocas cosas me hacían tan feliz como vernos en su reflejo, y volver a contar nuestras historias armándolas como rompecabezas con esas piezas, enmarcadas en cartón, llenas de luz y transparencia.

Todo empezó cuando ellos eran jóvenes y paseadores.
Y así como hay quienes sienten que no viven plenamente hasta que escriben sus días, así él sentía que su viaje no había terminado hasta que revelaba sus rollos fotográficos, regresaba a la casa cargado de cajitas amarillas, colocaba las transparencias en los carretes y sacaba la pantalla de su larga caja de cartón. Esa noche, todos pondríamos ahí la mirada, atentos a lo que la ráfaga de luz nos mostraría mientras el resto del mundo se apagaría en la oscuridad.
Y así pasaron muchos años...
El último proyector que tuvimos salió prestado de la casa tantas veces que un día ya no volvió. Él lo había conservado hasta cuando ya muy poco se usaban, porque era verdaderamente un fanático de las transparencias. De pronto se había quedado con cajas y cajas de instantáneas, y no pocos carretes con las piezas ya acomodadas, listos para colocarse en el proyector, que ya no estaba. Y como era ya una forma olvidada, ya no se producía ni se vendía.
Un día conseguí por internet otro proyector usado, con la intención de volver a ver transparencias con ella. Pero la fecha más triste llegó muy pronto y cambió el rumbo de los planes y los días. Hoy, entre tantas cosas que querríamos seguir compartiendo con ella, a casi un año de su partida, probamos por primera vez este viejo proyector.
Pesa y huele a metal, es una versión antigua y de un mecanismo bastante manual. Ni pensar en control remoto. De cualquier forma, él lo pone a prueba sin problema, como lo habría hecho con cualquier otra versión. Tiene ya lista la pantalla, esa sí, la misma de siempre, que de pronto se ilumina casi por completo: ¡sí funciona este viejo proyector!
Ahora hay que acomodar las transparencias. En el carrete no caben más que ochenta, y una vez que las hayamos visto habrá que regresarlas a su caja de resguardo y poner en el carrete otras ochenta. Las cajas también son metálicas y pesadas. Pero parecen nuevas y están perfectamente ordenadas por fechas. Dentro de ellas hay un orden rigurosamente cronológico, cada imagen con el lugar en que fue tomada escrito con plumón negro sobre el marco de cartón. Al pasarlas al carrete hay que voltearlas de cabeza, con el logo de Kodachrome hacia el frente, es decir, hay que ir viendo una a una contra la luz antes de acomodarla. Esto sí que es una prueba de paciencia.
Pero me gusta. Es ir tomando cada instante entre las manos, mirarlo sin plena claridad pero de cierta forma adivinarlo y formarlo en esa línea en la que armará, con el anterior o con el siguiente o con los dos, una secuencia.
Por fin. Va la primera vuelta.

Claro que es un viaje al pasado. Pero es algo más. Todos esperamos la luz con que el proyector lanza cada imagen a la pantalla y la muestra, ahora sí, en toda su dimensión, con un brillo que, yo insisto aunque me contradicen, ni las computadoras alcanzan. Aunque aquí no hay zoom y hay que acercarse a la pantalla para descubrir lo que no se nota a la distancia, un gesto, una forma incierta de la que se desprenden nuevos recuerdos. Todas estas transparencias son de nuestra infancia y juventud, de cuando éramos un clan inseparable y bajo el mismo techo terminábamos la noche y reiniciábamos el día. Y ahí está cada imagen para no dejarnos mentir, fuimos una familia divertida y unida a pesar de nuestros múltiples colores.
Pero en el fondo lo que más quiero es verla a ella, y saber si sus ojos fueron siempre los mismos, si alguna vez se vio cansada, si de veras nunca se enojó, si pudiera imaginar lo que pensaba, si... Y he regresado a las primeras transparencias en las que nosotros todavía no estamos, para constatar que, desde entonces, ahí están su dulzura inigualable, su entereza que ni el peso de los años más duros se llevó, y esa sonrisa deslumbrante que sólo se apagó con la partida de la luz.
Por varios días la pantalla ha navegado por el tiempo, como una vela cruzando nuestra vida. Y a través de las pequeñas cosas nos ha dejado ver las grandes, las que no habíamos entendido y las que habíamos olvidado, y algo de lo que en verdad nos ha importado.
Cada imagen se apaga para ceder paso a la siguiente. Y no hay manera de mirar dos a la vez.
Secuenciales y efímeras.
Como los días.
Como la vida misma que termina por no ser sino una línea formada de abrir y cerrar de ojos, de transparencia en transparencia y algunos brillos esparcidos. Y sólo mientras dura la ráfaga de luz que la ilumina.

Geraldina Chacón Domínguez

Geraldina Chacón Domínguez nació en México, estudió Matemáticas Aplicadas en el ITAM, Letras Modernas Inglesas y la maestría en Literatura Comparada en la UNAM Fundó en 2007 los talleres literarios de Lumbres y Palabras de los que se desprendió Toma de Palabra. (www.tomadepalabra.com Ha publicado artículos en varias revistas y el libro Camino a Mandalay